“Si hiciéramos humor político, perderíamos mucha
libertad de acción y eso no nos interesa. Nuestra política
es anárquica, irresponsable y veleidosa.”
Jis.
Jis y Trino hacia el final de los tiempos
Relevo del averno sin grieta evidente,
Jis y Trino han consolidado sus acechanzas creativas en los espacios de la
industria editorial, posicionando lo que fueron cartones del submundo, tiras de
ediciones semanales y deliciosos manjares del trazo destinados a la censura,
para hacer de su anti solemne visión de la vida y su desparpajo, entre la
pachequez y el insomnio, los náufragos y los bufones de corte, un trabajo
consistente, ácido, divertido, escatológico como ninguno, y que solo cabe en
los estantes que definen a lo clásico en materia historietística mexicana.
Desde su terquedad de goce buscapleitos
en sus trabajos hechos con Falcón (de quien recomiendo Cascajo. Güilson, Dios
de la Hueva - edit. Cal y Arena 1995-, libro en que el hombre de terrena estirpe
puede aproximarse a la entidad cósmica que nos quita las ganas) Galimatías,
Matarilirilirón o La Croqueta. Humor Perro; además de Paso sin ver, Asuntos
moneros, La Chora interminable y La mamá del abulón (fruto de un colectivo
gandalla que aterrorizó conciencias en la perla tapatía). Jis y Trino
diversificaron su empuje en los territorios de la producción personal como
ocurre entre miembros de las bandas rockeras, para hacer sus libros “solistas”,
plenos de escenas antológicas desde el desmadre vil, el absurdo, la farsa, la
contra crónica y la búsqueda mística de nuevas esferas neurales en cosas como
Historias del rey chiquito, Misterios charros, Historias sobre el fin del mundo
y otras patrañas, Crónicas de policías y ladrones, Don Taquero. Guía culinaria
de la comida callejera, o Crónicas de Marte de la producción de Trino; mientras
que Jis construyó una pieza magistral: Sepa la bola, además de la más que
recomendable serie Otro día, su alucinante Diario y Verbos para comenzar.
Estos dos moneros tienen un estilo de
precisión, no sólo en la identificación de un trazo, con la renovación
consistente de sus tonos, temas y hasta texturas (desde las convenciones
bidimensionales de su blanco y negro primerizo, hasta la sofisticación de
sombras y colores en sus últimos trabajos), si no que fueron capaces de crear
una taxonomía bizarra, ecléctica y pacheca con máscara definida como El Santos,
con diez volúmenes (El cuarto tomo se intitula Santos VS El Peyote Asesino en
la Atlántida -Edit. Tusquets-, homenaje obvio al título de la cinta Santo VS
Blue Demon en la Atlántida), y ahora un adicional: el libro EL SANTOS VS LA
TETONA MENDOZA. El desmadre detrás de la película Edit. Tusquets, 2012).
Aclarado el punto de la inspiración del
pancracio sin que se aluda por fuerza a El Enmascarado de Plata (la asociación
será obvia, pero el contenido tiene más fondo y no se limita al “homenaje” o
parodia del héroe encapuchado), los tapatíos dominan el contra llaveo temático
con personajes que pasaron de los albures, la serenata, el tope y los coitos,
hasta la monumentalidad de la pantalla grande.
La lucha y la historieta
Cómic y lucha libre se dan la mano para
cambiar la página desde 1951, año clave en la historia de El Santo cuando José
G. Cruz le ofrece un contrato para lanzar el cómic que se llamaría SANTO. El
Enmascarado de Plata, Cruz era un contemporáneo del de plata, nacido también en
1917, se inició en la historieta trabajando para diferentes títulos antes de
lanzar un primer trabajo propio llamado Remolino y Tango, en 1934. Combinando
técnicas de ilustración que incluían el dibujo, la acuarela y el fotomontaje,
Cruz dio rienda suelta a sus delirios creativos para aportar a la
solidificación de muchos títulos como Pepín, La Pandilla y Paquín, antes de
lanzar la estelar serie de SANTO. El Enmascarado de Plata, que apareció en 1951
a un costo de 50 centavos.
José G. Cruz pasó por diferentes
medios, haciendo guiones para radionovelas (en la XEW), el cine (como el de la
propia El Enmascarado de Plata, de 1952), y participando en la televisión
mexicana desde sus orígenes.
Los inicios de la historieta no fueron
muy alentadores, pero Cruz y su equipo fueron depurando los fotomontajes con
trazos y fondos de mayor calidad que, sumados a las originales historias,
fueron ensanchando un mercado que tocaría dimensiones asombrosas con tirajes
que superaban el millón y medio de ejemplares a la semana. La revista se vendía
en varios países de América Latina, así como en las ciudades de Estados Unidos
en que existía una población considerable de hispanoparlantes. El éxito
incrementó los tirajes y también las historias. Pronto comenzaron a editarse
tres capítulos distintos por semana.
La competencia surgió en diferentes
títulos, la mayoría efímeros. En el mismo 1952 se editó la revista Wolf Ruvinskis
EN: El Angel, de Editorial Jacaranda, que también publicó la revista del
popular campeón de boxeo Raúl “El Ratón” Macías. En 1953 Cruz creó otro cómic
con Black Shadow que se sostuvo con buenas ventas por un tiempo, lo mismo que
la serie de El Médico Asesino, bajo el sello de Editorial Manuel del Valle. En
el mismo año se publicó La pantera Roja (Editora Continental, S.A.) y en 1954
circuló La Máscara Roja (Editora de Periódicos, S.C.L.), ambos personajes
originales, sin inspiración en luchadores auténticos, como ocurriría en los
sesenta con La Pantera Negra (Editormir) y en los ochenta con El Cuervo Azul
(Editorial Emoción, S.A.). Cavernario Galindo y Gori Guerrero tuvieron también
títulos propios (en Editorial SUEN) que no lograron sostenerse.
Agregado inédito para la segunda edición de “Quiero ver
sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores”























