
Exposición sobre el legendario luchador y actor de cine en el Mercado González Ortega
“El Santo pasó de ser nada a ser todo. Mienten quienes afirman que era bien visto por todos, pues en realidad era desdeñado, el ídolo del sector pobre, y cuando no pudo hacer algo con el imaginario colectivo y se convirtió en leyenda, todos fuimos sus admiradores, incluso los niños que íbamos a ver sus películas. Comenzó rudo, pasó a técnico y terminó realmente santificado. Al final de cuentas, ese personaje se impuso”.
Con esas palabras, el artista zacatecano Tarcisio Pereyra describió al Santo, El Enmascarado de Plata, con motivo de la exposición colectiva que lo homenajeó y en la que este zacatecano fungió como comentarista, Santo de mi devoción, dentro del Festival Internacional de Poesía, montada en el Mercado González Ortega.
Reiteró que cuando era su época, era el ídolo de los niños y pobres. Al comienzo era detestado y denostado, un ídolo de la perrada, pero poco a poco se afianzó; no obstante, cuando se quitó la máscara en público, aunque fue todo un suceso, para muchos fanáticos, entre ellos yo, fue una especie de traición.
“En mi caso, hubiera preferido que El Santo hubiera muerto con la máscara puesta”. Pereyra agregó que este luchador es un héroe atípico y asexuado, lo que se evidencia en el hecho de que las mujeres, aun “cuando se derritieran por él, era más caballero y sensato que Kalimán”.
Señaló que el paso a personaje querido fue involuntario, pues existe la leyenda de que ya no quería ser El Santo, “que estaba cansado de tanto hacer el bien”. Pereyra tuvo la fortuna de ir a una de las catedrales de la lucha libre, la Arena Coliseo de México.
“Aunque allá no vi al Santo, en Guadalajara sí, un par de veces, cuando él ya estaba viejo. No obstante, en cuanto entraba, el lugar se convertía en un pandemonium, pues la gente se ponía frenética, dado que nadie puede sucumbir a la catarsis de la lucha libre”, manifestó.
En ese contexto, comentó: “siempre quise tener una capa como la del Santo o el clásico aparato del foco rojo que formaba parte de sus películas, del cual nunca supe para qué servía, pero el laboratorio del Santo, de cartón, es el mejor del cine mexicano”.
Sin embargo, respecto a los objetos alusivos, consideró que nada tienen que ver aquellas máscaras mal hechas con las joyas que ahora son, cuya elaboración está cuidada y es de buen material. En ese tenor, “El Santo se ha convertido en una marca. Ahora se programan sus películas más con el ánimo de obtener un alto rating; ya no se tienen aquellas leyendas negras”.
“Yo, por ejemplo, tuve en mis manos un cartel de la versión para Sudamérica de las películas del Santo, en el que la fabulosa rubia de categoría, Gina Román, se mostraba desnuda, al igual que Lorena Velázquez, la gran reina”, ambas, actrices de sus filmes, junto a Sonia Infante, de quien “la mejor película es Las Lobas del Ring, bajo el amparo del Santo.
En cuanto a la personalidad del Santo, José Buil Ríos, hace un comentario un poco amargo en La leyenda de una máscara, pues pese a ser un abierto homenaje a este luchador, expresa su desdoblamiento en un ángel bueno y uno malo.
Santo de mi devoción involucró más de 60 trabajos de varios artistas a fin de manifestar lo que fue y es El Enmascarado de Plata, cuyo gran contendiente, recordó Pereyra, era el zacatecano El Cavernario Galindo, entre otros.
Por: Araceli Rodarte