miércoles, 31 de octubre de 2012

6to. Aniversario Luctuoso de Huracán Ramirez







Hoy se cumple un nuevo Aniversario Luctuoso del gran Huracan Ramirez y en Bajo las Capuchas le brindamos este pequeño homenaje.

Biografía del Huracán Ramírez

Viví en México en el período 1990-1992 cuando inicié una serie de entrevistas que acabo de terminar con la Biografía de Daniel García Arteaga, Huracán Ramírez, campeón mundial de lucha libre en peso welter.
Me duele decir que tuve que cumplir esta tarea a espaldas de mi embajador, no obstante que a 20 años me parece la más importante que jamás hice en México, pues como todo rey chiquito en su embajada, me prohibía todo lo que se escapara de la cruda rutina. Tenía que inventar 1.000 pretextos para entrevistar al Huracán en la clandestinidad más absoluta, como que el embajador ni se enteró de que usé parcialmente la máquina de escribir de la legación para transcribir las entrevistas.
Al parecer, no era una preocupación propia de un agregado cultural, pero la lucha libre en México no se limita al ring o a la arena, sino que permea la estructura social y llega incluso a la política, porque aquellos eran los tiempos de esplendor del diputado Super Barrio, quien había apadrinado a Super Humanidades, y si el primero tenía el honor de asistir a las reuniones del Congreso Nacional con máscara y capa, el segundo se complacía en asistir a la UNAM con el atuendo característico del luchador, que en México pasa por usar máscara y apostarla contra cabellera.
Bull Santana se casó en el ring de la Astropista, con los más grandes luchadores de 1985 como testigos, y la ceremonia fue oficiada por un sacerdote insólito: Fray Tormenta. Se llamaba Sergio Gutiérrez Benítez, y se había ordenado en la Orden de las Escuelas Pías. Y no sólo eso, pues Fray Tormenta había estudiado Teología en Roma y se había doctorado en Filosofía. Si luchaba era por recaudar fondos para los orfanatos, donde hoy todavía trabaja, ya retirado del ring.
¿Una excepción? En absoluto: incluso Jesús, El Murciélago, Velásquez, era un filósofo con lecturas sólidas. Y conste que era un rudo de aquéllos, que subía al ring enmascarado y vestido de negro, y cuando alzaba los brazos, cientos de murciélagos salían del interior y volaban chillando hacia el cielorraso o lo alto de la carpa. Murciélago Velásquez decía en una entrevista que admiraba al muralista Diego Rivera porque dijo que había comido carne humana, ¡como él! Era famoso porque a Merced Gómez le arrancó un ojo en el ring, y el Huracán me había contado que en realidad le había arrancado los testículos ¡y que luego se los comió crudos! Pues este señor era también un lector avisado, para quien Sócrates o Platón no tenían demasiados misterios.
En México no hay varón con las glándulas bien acomodadas que no quiera echarse un tiro con el adversario o el amigo; es tierra de hombres recios, que evitan insultarte y prefieren guardar silencio, pero si tu ofensa sube de calibre, te despachan a la otra vida. Cuántas veces los actores de cine o televisión que protagonizaban historias de luchadores, rechazaban el doblaje y preferían aprender nociones del noble oficio y fajarse en serio. Cómo no recordar, por ejemplo, el guion de La Fuerza del Amor, escrito por el Dr. Rafael Olivera, El Árbitro, en el cual Eduardo Palomo y Alfredo Adame se disputaban el amor de la bellísima Karen Sentíes y se dieron un buen tiro y creo que hasta volaron fuera del ring. Ambos eran actores, y muy cotizados, pero a la hora de la lucha libre cambiaron de personalidad, y a la hora de ponerse máscaras, el primero como El Títere y el segundo como El Sagrado, se volvieron dos fieras sueltas.
Con los años, pude decantar la magnitud del personaje y la atracción irresistible de su biografía, que me acercaba a un país entrañablemente querido porque me brindó hospitalidad en el exilio y en la diplomacia, me hizo conocer la realidad boliviana con una lupa de 100 millones de aumento y al final desembocó en una sorpresa maravillosa, pues el año 1999 los Estados Unidos Mexicanos me condecoraron con el Águila Azteca, como testimonio de mi amor por su país, un honor que me conmueve pues no es poca cosa ser un Caballero Águila.
A veces llegaba a su casa para entrevistarlo y tocaba el timbre. Por una rendija veía cómo se ponía la máscara sin amarrarla a la nuca, sosteniéndola con una mano antes de abrir la puerta; pero me reconocía y se la quitaba mientras me decía: “Ah, eres tú, pinche Ramón…”, con una familiaridad que yo no había soñado jamás tener nada menos que con un campeón mundial de lucha libre.
Fruto de esas charlas es este libro que había quedado arrumbado entre los proyectos de hace 20 años, pero el amor de Euly y de Karlita, las dos flores que iluminaron la vida de Daniel García, pudo más que el olvido, y entonces volvimos a la carga, para recuperar viejas grabaciones, obtener nuevos testimonios y reconstruir la vida y memoria de este noble señor, que parecía no matar ni una mosca, y sin embargo era un gran luchador que dio gloria a México y al deporte de la lucha libre. Reposado y tranquilo, me dio sin embargo una prueba de su fortaleza física cuando ya tenía 60 años y, en un arranque de buen humor, me tomó de las solapas, con mis 90 kilos de peso, y me alzó con una sola mano como un metro por encima del piso.
Cierro los ojos y vuelvo a escuchar su frase admonitoria: “Ya sabes lo que arrancó en el ring Murciélago Velásquez, ¿eh? Como no escribas mi biografía, no vaya yo a hacer lo mismo”.

El autor es Cronista de Cochabamba

Cortesía de:  www.lostiempos.com y Ramón Rocha Monroy

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