viernes, 14 de diciembre de 2012

El final del viaje



Primera caída:
El ‘Cacarizo’
“¡Los rudos, los rudos, los rudos!” Era el grito que se escuchaba en la Arena México, ya iniciada la función de los viernes, y una exclamación con la cual los aficionados se prendían y eran invitados a corresponder con chiflidos altisonantes al famoso ‘Cacarizo’: un hombre robusto que vestía folklóricas camisas de flores de todos los colores y llevaba puesto en la cabeza un enorme sombrero de paja, de ésos que se utilizan en el mes de septiembre en nuestras fiestas de Independencia.
Don Francisco Mejía es el nombre verdadero de este aficionado de espíritu rudo que gozaba cada vez que la abuelita de la lucha libre, doña Virginia Aguilera (qepd), le hacía señas con sus manos como respuesta. Don Pancho, cínicamente se reía y volvía a gritar: “¡Los rudos, los rudos, los rudos!”.
Mientras el ‘Cacarizo’ se divertía en las luchas, Manolito (su hijo) se quedaba en su casa, allá por los rumbos de Tacuba, jugando en el enorme patio con su capote y su muleta, soñando con ser algún día un exitoso matador de toros; aunque también las luchas le gustaban. Él sabía que tenía que esperar a que llegara el domingo para asistir a alguna función celebrada en la plaza de toros El Cortijo, allá por los rumbos de la colonia Romero Rubio; porque a diferencia de las Arenas México y Coliseo, ahí sí dejaban entrar a menores de 15 años.

Segunda caída:
‘Manolito’ Mejía
Llegado el ansioso domingo, Manolito disfrutaba más dirigirse a los corrales de la pequeña plaza para ver los toros y becerros que ahí estaban enchiquerados, que ver las luchas.
Entonces, desde un pasillo superior, el pequeño gritaba con voz firme y segura: “¡Ehe toro, toro!”, logrando atraer la atención y la profunda mirada de los imponentes animales, quienes lo miraban fijamente, para después regresar la vista al suelo. Así, mientras se escuchaban los gritos de “¡los rudos, los rudos, los rudos!” y chiflidos de los cientos de aficionados que disfrutaban las marrullerías de Dick Ángelo y Gory Casanova, Manolito disfrutaba más correr al ‘Patio Andaluz’ para observar atentamente con sus ojos vivarachos las pinturas plasmadas en las paredes del recinto por el pintor y escultor Raymundo Cobo, y que estaban basadas con temas taurinos.
Una de las que más llamaba la atención del niño torero era aquella en la que los vaqueros arriaban a la manada de reses en el campo bravo. Mientras el bullicio de las luchas cada vez se hacía menor, el niño parecía introducirse en la escena, imaginando que alguno de esos musculosos toros lo estaría esperando pacientemente para enfrentarlo en un ruedo.
Al volver a la realidad, el pequeño torero se daba cuenta de que la función de lucha libre había terminando; la gente se arremolinaba hacia la salida, mientras él se abría paso entre la multitud para buscar a su padre en el palco de la empresa, lugar en el que regularmente al finalizar la función se reunían, junto con el dueño del Cotijo, don Ángel Isunza, y con el fotógrafo Porfirio Cuautle, quienes saludaban a ‘Manolito’, como le llamaban de cariño todos, con enorme gusto y siempre le preguntaban cuándo sería su debut profesional en los ruedos.
El niño sólo levantaba su mirada y la dirigía a su papá, para que él contestara; fue entonces que don Ángel Isunza le ofreció a don Francisco traer a su hijo a los festivales taurinos que se celebraban en ese coso taurino.

Tercera caída:
El inicio y el final del viaje
Así se inició el viaje y la travesía de Mejía en los ruedos, cumpliendo su sueño de vestirse de luces y pararse ante los bravos becerros y novillos que tenía que torear. Desde aquellas tardes en Ojo de Agua, en el Estado de México, pasando por la Florecita de Ciudad Satélite, hasta llegar a la Plaza de Toros México, en donde era ovacionado por el público, gracias a su valor y enorme técnica.
Manolo Mejía se fue ganando poco a poco el cariño y el respeto de los aficionados y de sus compañeros toreros. Matadores de la talla de Manolo Martínez, Curro Rivera, Miguel Espinoza ‘Armillita’ chico y Antonio Lomelí, entre otros grandes, reconocieron en Manolo a un torero de singular personalidad, gran profesionalismo, técnica, valor y pundonor.
Los empresarios querían tenerlo en sus carteles y los ganaderos deseaban que lidiara sus toros; el público siempre le exigía que cubriera el segundo tercio y banderilleara. Si no lo hacía, era motivo de enojo y rechiflas de los aficionados. El grito de “¡los rudos, los rudos, los rudos!”, ya no se escuchaba en las arena de lucha libre, pues don Pancho había cambiado esas divertidas tardes de domingos luchísticos por tardes taurinas, impregnadas de nerviosismo y adrenalina al ver desde el callejón a su querido hijo.
El día de su alternativa, el 22 de enero de 1983, en la Plaza La Luz de León, Guanajuato, (cuando tuvo como padrino al enorme Eloy Cavazos), sus días de gloria con Valente Arellano y Ernesto Belmont; las estadísticas de rabos y orejas, el indulto de ‘Zalamero’; las fechas y logros de Manolo Mejía seguramente ustedes, estimados amigos de RÉCORD, ya las conocen; pero quizá no sepan lo que hay dentro del corazón de este gran ser humano que ha sabido ser un buen hijo, excelente esposo y mejor padre, así como un sincero y buen amigo.
Enhorabuena mi querido y admirado Manolo Mejía. Gracias por tantas tardes llenas de alegría, en las que te entregaste a tus miles de seguidores, deleitándonos con tu personal estilo, sin descanso en los tres tercios de la lidia; dibujando en el viento tu arte taurino con el capote, las banderillas, la muleta y la espada.
Nos leemos la próxima semana, para que hablemos sin máscaras.


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