domingo, 10 de febrero de 2013

MI ABUELO SANTO, EL ENMASCARADO DE PLATA



Tuve conciencia de que mi abuelo era El Santo desde que tengo entendimiento; lo recuerdo como un hombre sonriente, cálido, con sentido del humor y excelente trato hacia todos los que tuvimos la bendición de convivir con él.

Me consta y doy testimonio que se conducía de igual forma todo el tiempo, era el mismo señor bonachón y amable con y sin máscara, en su casa y en la filmación, con autoridades y con las personas que daban mantenimiento a su casa.

En mi caso particular, fui su primer nieto y todas las versiones que escucho coinciden en lo mismo, su adoración hacia mí. Soy el hijo de Alejandro Guzmán Rodríguez, su hijo mayor, inseparable compañero y confidente. Mi papá fue su punto débil y también una de sus mayores fortalezas porque era quien platicaba horas con él, quien lo acompañaba a comer y bromear en interminables jornadas de viaje, entrevistas, luchas y filmaciones. Así mi nacimiento fue un momento muy especial para mi abuelo según me han contado familiares y amigos cercanos a mis abuelos.

No quería que le dijera la palabra ‘abuelito’, me decía: ‘dime papi Rudy’ y yo para hacerlo enojar le decía ¡abuelito! y me echaba a correr, él me alcanzaba, me levantaba la playera para hacerme trompetillas y yo me revolcaba de la risa, le decía ‘papi Rudy’ entonces él me soltaba, tan pronto estaba libre le volvía a decir ¡abuelito! Y me echaba a correr de nuevo y así estábamos un buen rato hasta quedar exhaustos.

Me enfriaba mi chocolate pasándolo de una taza a otra; hoy me doy cuenta que nunca tuvo poses siendo literalmente un ídolo de multitudes, una verdadera leyenda de la lucha libre y de la cultura popular mexicana.

Mientras fui niño estuve repleto de sus regalos pero lo más valioso que mi abuelo me dio fue su tiempo y su amor, pasábamos horas en su estudio y me dejaba ver sus capas y sus trofeos, me contaba la historia de cada objeto, los países que había visitado y me recomendaba muchísimo que no dijera a nadie que él era El Santo, cosa que de inmediato hacía al llegar a la escuela, como buen niño se me quemaba la lengua por contarles a todos mis amigos que mi abuelito era el famosísimo Santo, llegaba al salón y les daba detalle de todas nuestras pláticas a mis compañeros, pero nadie me creía; me respondían ‘si tu abuelo es El Santo... ¡el mío es Supermán!’.

Un día me harté de estar en entredicho y le pedí que me autografiara una foto y escribiera claramente ‘con mucho amor para mi nieto... y mi nombre completo’ y la llevé a la escuela junto con un equipo completo que me mandó a hacer de mi talla, eran mis botas, mis mallas, calzón, máscara y hasta mi capa de Santo, entonces me creyeron todos, me costó mucho trabajo conseguir esa credibilidad, casualmente esta historia se ha repetido muchas veces en la actualidad.

Algo que me llena de orgullo en el actuar de mi abuelo es que siempre se aseguraba que antes de pagarle a él, el promotor hubiera pagado primero al resto del elenco, si en alguna rara ocasión al empresario no le iba bien, mi abuelo le decía: ‘Págales primero a los chavos, después tú y yo nos arreglamos’ y llegó a irse sin cobrar o con sus honorarios incompletos.

Una noche, mi tío Arturo Muñoz lo esperaba en el auto afuera de la Arena Pista Revolución, era muy noche, mi abuelo daba los últimos autógrafos y una señora lo alcanzó cuando ya se subía al coche, le tomó las manos y le dijo ‘¡Santo, muchas gracias, mi hija se curó, Dios te bendiga!’ mi abuelo le dijo ‘¡qué bien! Ya me voy’. A solas en el auto mi tío le preguntó a mi abuelo a qué se refería la señora y mi abuelo le respondió: ‘oríllate mano, vamos a comprar unos pollos rostizados para cenar en la casa’, jamás hacía alarde de sus buenas obras.

Asistí a sus despedidas del ring, me erizaba la piel escuchar al público corear su nombre y llorar de emoción al verlo. También me conmovía ver con el respeto y cariño que siempre trató a su afición, era un amor bien correspondido, lo amaban porque él los amaba.

Recuerdo perfectamente que no podía salir del Palacio de los Deportes después de su última lucha, la gente estaba eufórica y su auto no podía avanzar, tuvieron que llegar cuatro patrullas para escoltarlo, retirar con mucho cuidado a la multitud que se apretaba contra el coche que iba manejando su representante, el Sr. Carlos Suárez.

Precisamente en estas últimas presentaciones de mi abuelo yo sentí en mi corazón el deseo incontenible de ser luchador, no podía ser otra cosa, no podía dedicar mi vida a algo que no fuera la lucha libre.

Al poco tiempo de su última lucha en el Toreo de Cuatro Caminos falleció el 5 de febrero de 1984, me enteré por mi mamá que vio el noticiero muy temprano por televisión. Ese día fue de conmoción en mi vida, no fui a la escuela, le pedí a mi mamá que me llevara a Mausoleos del Ángel al sepelio, al llegar eran impresionantes los ríos de gente que intentaban circular, hice todo lo posible por llegar al ataúd, no lo logré. Quería tener un último contacto para despedirme, después comprendí que había tenido hasta ese día el contacto más hermoso con él.

Cuando estoy por subir a un ring, en esos momentos justo antes de ser anunciado, ya tengo la capa puesta, la máscara bien ajustada, con mucha frecuencia pienso durante unos instantes... ¿qué pensaría mi abuelo si me viera trabajar hoy en día? ¿Qué sentiría? Me inquieta imaginarme cosas y no saber a ciencia cierta qué me diría mi papi Rudy.

Agradezco a Dios la enorme bendición de haberme regalado un abuelo amoroso y bueno, un hombre honesto, integro y generoso con todo aquél que pudo ayudar, es un honor ser descendiente de la leyenda pero más aún del extraordinario ser humano que rebasaba en grandeza al personaje y esto ya es un decir.

Cada decisión que tomo, mi actuar arriba y abajo del ring, todo está dedicado en gran parte a él.
A mi abuelo lo llevo en mi sangre, en mis ganas de triunfar y eso nada ni nadie lo puede impedir, no hay registros que valgan, él vive en mi corazón.

Mi nombre es Axel y soy orgullosamente Nieto de El Santo.

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