jueves, 21 de febrero de 2013

Recordando a un grande




Primera caída:
Cesáreo Manrique
Mi intención en esta columna de RÉCORD, estimados amigos, siempre es compartir con ustedes anécdotas, sucesos y parte importante de la historia de este deporte bello de la lucha libre; y buscando en los archivos de mi padre encontré un escrito de mi tío Miguel ‘Black’ Guzmán, que seguramente escribió en su época como promotor de lucha libre, cuando radicaba en el estado de Texas, y en el cual habla de uno de los grandes luchadores que trabajaron para su empresa: el Médico Asesino.
Su nombre real era Cesáreo Manrique; un hombre de 1.87 metros de estatura y 100 kilogramos de peso, nacido en la ciudad de Torreón, Coahuila, y cuya niñez fue sumamente difícil, al crecer sin padres que lo apoyaran moral y económicamente, y sin tener la oportunidad de ir a la escuela.
Desde muy jovencito trabajó como cargador de bultos en el aeropuerto de Torreón, y se fue abriendo paso gracias a su honestidad y simpatía. Mucha gente ya lo conocía, y cierto día, el promotor cubano Giraldo Hierro se topó con él y, sin más, le preguntó qué hacía los domingos. El joven Cesáreo le contestó que nada, así que el promotor le dijo que si deseaba trabajar para él y ganar 20 pesos. La enorme sorpresa para Cesáreo fue llegar al Palacio de los Deportes de la Laguna, lugar donde fue citado, y el trabajo consistía en tomar el tiempo y tocar la campana en las funciones de lucha libre; y lo hizo tan bien, que se ganó el puesto en las funciones de los miércoles, así que el sueldo se duplicó a 40 pesos a la semana.
Con el tiempo se convirtió en un personaje querido por la afición, porque se peleaba con los rudos, y lo animaron para que empezara a entrenar; y así lo hizo. Se convirtió en réferi, sin imaginar jamás lo que el destino le tenía preparado, al debutar en esa misma arena, a finales del año de 1948.

Segunda caída:
El Médico Asesino
Iniciaron las giras por Occidente y el promotor don Elías Simón lo presentó enmascarado, como ‘El Asesino’; pero le duró poco el gusto, al intentar rapar a Rito Romero, quien lo desenmascaró en Guadalajara. Regresó con la enorme derrota a Torreón y ahí lo vio luchar don Jesús Garza Hernández, quien andaba en arenas de provincia, en busca de talento para las funciones de Televicentro.
Así que lo contrató para que se fogueara en Monterrey y cuando Cesáreo no se vio programado, preguntó a don Jesús qué había pasado; pero éste le tenía preparada una sorpresa, y con bombo y platillo se anunciaba la presentación de ‘El Médico Asesino’. Ya le tenían listo su atuendo y hasta el maletín médico.
Ahí dio inicio la exitosa carrera luchística del ‘Gigante de Blanco’, quien al principio usaba máscaras de color rojo, negro, y verde, pero finalmente el color blanco fue el ideal. Su consagración en el ring fue la tarde en que venció al maestro Rolando Vera con su ya clásica llave a las carótidas, y gracias a ello debutó en Televicentro, en 1952, como luchador estelar.
En ese mismo año interpretó en cine el personaje de ‘El Enmascarado de Plata’, por invitación de don René Cardona. Ganaba fama y fortuna (20 mil pesos mensuales), pero no perdía su sencillez. Su pareja ideal fue ‘El Enfermero’, pero cuando formó dueto con El Santo, fueron invencibles sobre el ring; de hecho, jamás perdieron una lucha. Su mejor trío, y el más poderoso, fue el que integró con ‘El Enfermero’ y con El Santo. Llegó la internacionalización en Houston, Texas, dirigido por Black Guzmán, quien lo presentó simplemente como ‘El Médico’. Ahí cobró venganza sobre Rito Romero, a quien logró derrotar defendiendo el Campeonato de Peso Completo de México, y más tarde conquistó el Campeonato Completo de Texas y el de parejas del Suroeste de la Unión Americana, con Pepper Gómez; jamás perdió esos cetros, pero renunció a ellos.

Tercera caída:
El testimonio de Black Guzmán
“El Médico fue el luchador de más poder que he conocido. Disputó cinco veces el campeonato mundial de peso Completo a Lou Thesz, le empató tres luchas y perdió dos; fue un honor. “Viajaba en Cadillac y llegó a ganar 40 mil dólares por mes. Estaba en el apogeo de sus triunfos y de su fortuna, cuando una noche de 1959 sufrió un desmayo en el vestidor. Se sentía mal y su cuerpo era una brasa ardiente.
“¡Llévame a una clínica, Black! me dijo y en seguida lo llevé, fue atendido de inmediato y el diagnóstico: cirrosis hepática; cáncer en el hígado. “Esa noche lloré a solas. Cesáreo fue tan valiente como en el ring, al aceptar que su enfermedad era incurable y, aún así, agotó todos sus ahorros en la Clínica Mayo de Rochester; no escatimó gastos, pero al buen tiempo comprendió que tenía que dejarnos; así que volvió a Torreón.
“Perdía kilogramos de peso cada día, comía poco y sonreía a los visitantes. El dinero se iba y le angustiaba la suerte de su familia. Polo Torres le organizó un beneficio en la Plaza de Toros de Torreón, la misma plaza en la que un domingo el famoso ‘Médico Asesino’ trepó a las graderías y enfrentó a los fanáticos que lo repudiaban y, ahora, irónicamente, lo apoyaban.
“Su agonía duró más de un año y descubrió el secreto del rostro y Cesáreo Manrique, que era un hombre alegre, vigoroso y tan fuerte, murió con 42 kilos de peso. Estaba hastiado, enfermo y sumamente delgado.
“El 25 de junio de 1960 lo despidieron en el Panteón Municipal de su amada tierra, Torreón. Fue un privilegio trabajar con él y ser su amigo. El cáncer pudo arrebatarle su vida, pero no pudo quitarle la gloria. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

By El hijo del Santo

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