domingo, 17 de marzo de 2013

El espectáculo de la lucha libre en El Tigre

Gilberto "El Gorila" Lara. Foto: José "Cheo" Salazar

“Puedes hacer cosas tontas, pero hazlas con entusiasmo” Colette (Sidonie Gabrielle Claudine) (1873 – 1954) Novelista francesa.

En la época de oro del cine mexicano, en las salas de los cines populares – Ayacucho, Bolívar, Principal, Sucre, Girardot, Libertador – las películas más sonadas, fue las que protagonizaba, “Santo” el enmascarado de plata. Un gladiador de la lucha libre, convertido en héroe y cuya mayor virtud, fue que en ningún combate – ni adentro, ni fuera de ring – le quitaron la máscara. Un inaccesible rostro con identidad inexpugnable. Un campeón invencible en el ensogado y legendario personaje que luchaba contra el mal. Ese furor de la lucha libre, se inició y propagó en Pueblo Ajuro, cuando hizo su aparición en el barrio, Antonio Febres, un ex luchador y voluntarioso entrenador de esa ruda, dura y violenta, pero primorosa disciplina deportiva. El hombre venía de La Guaira y se hacía llamar “La Sombra”. A la arena, decía hasta el abuelo Ascanio Fermín.


“La Sombra”, era un hombre humilde y trabajador, que para sobrevivir, en las noches vendía parrillas criollas y durante el día, se dedicaba a entusiasmar a los muchachos del barrio, para que practicaran y aprendieran el arte de la Lucha Libre. La respuesta no se hizo esperar e inmediatamente estábamos todos, prestos a subir al ring y emprender el aprendizaje, bajo sus instrucciones. Igual que cuando llegó José Abrian Morffe con la fiebre del boxeo, fuimos muchos los participantes y muy pocos los que al final quedaron. En lo particular, cuando me dieron el primer porrazo, escuche que “Sombra” gritaba: ¡cayó bien! ¡cayó bien! Yo te aviso chirulí, dije para mis adentros. Tan bien, que no vuelvo a caer, me retire a casa “cimbraíto” y caminando como chencha ¡Zape! Más nunca subí al ring y luego, sólo participe como espectador. Golpe en cuerpo ajeno no duele.
Cuando se quiere se puede y se vencen todos los obstáculos. El ring, que montaron en el patio de la casa del señor Ruperto Marín, en la calle 5 de Julio, diagonal a la vivienda de mí querida madre Anastelia Salazar y, al lado de doña Victoria Azocar, la mamá de la popular “Chepina” Azocar, lo erigieron con mucho esfuerzo, voluntad y en forma rudimentaria. Abrieron unos hoyos, sembraron unos palos de madera, los forraron con goma de espuma y trapo, rellenaron el centro con aserrín, Gilberto “El Gorila” Lara – En la gráfica – le sustrajo un encerado al padre, el señor Antonio Lara, para sirviera de lona y las cuerdas fueron unos vulgares mecates. En ese rústico ring, brillaron como luchadores el mismo Gilberto, David “Mocosito” Castillo, Jesús “Torito” Osmán “Tormenta” García, Luís Alexis “El Negro” Mogollón, Nelson Lara, Germán “Mancho” Barreto, Roberto Salazar, Luís Ordaz, Alexis “Cara e’ Caballo” Morales, José Antonio “Cheo Catirito” Mogollón, José Ángel “El Ruso” Arretureta, El gordo Cirilo, Edgar Guatache, Ángel Silvera, Freddy Sánchez, Mauro Alexis “Vaca Brava” Millán, Alexis “Cunaguaro” Arretureta Juan “El flaquito” Morillo y Julio Guatache, que luego prefirió luchar contra el caballito frenao y el indio Cacique, entre otros. Unos tanquecitos de guerra. Era una gesta deportiva, que a muchos parecía una tontería, pero que los jóvenes practicaban con gran entusiasmo y entrega. Mente sana en cuerpo sano.
Los combates de la lucha libre, tomaron tanta popularidad, que el entrenador Antonio “La Sombra” Febres, los domingos organizaba espectáculos, en las orillas del río Caris. El sitio predilecto e ideal, era el paso de Puente Chori, que cuenta con una amplia franja de playa. En ese espacioso arenal, armaban un ring y presentaban varios combates. Eran los tiempos bucólicos del pueblo, nos conocíamos todos, los lugareños se apiñaban para ver los luchadores y hasta hacían sus apuestas tipo gallera. ¡Al gorila voy! Gritaban unos y otros ¡Al cunaguaro voy! y ¡Al ruso voy!, etc. eran tardes de diversión y de franca camaradería. En la casa del señor Ruperto Marín, cuando había velada, los escolares, ahorraban los realitos de la merienda, para pagar la entrada. Bs. 0,50 (un realito), era la forma de ver el espectáculo en vivo y a orillas del ring. Emoción al rojo vivo y en tiempo real.
Esta historia urbana poco conocida, marcó una generación de tígrenses, que salvo algunos fallecidos, la gran mayoría están vivos y rondan los 60 años, gozan de buena salud y son testigos de excepción de lo antes expuesto, por lo que, además podemos afirmar, sin temor a equívocos que, tanto el boxeo como la lucha libre, germinaron en el pueblo de El Tigre, por el barrio Pueblo Ajuro y los artífices en la siembra de esa semilla deportiva fueron José Abrian “El Quemao” Morffe y Antonio “La Sombra” Febres y consideramos, son merecedores de que, junto a sus pupilos, los cuales mencionamos en estos destellos, que cuando nuestros eximios cronistas, historiadores e investigadores, decidan escribir la verdadera y autentica historia de esta pequeña urbe que nació el 23 de febrero de 1933, al calor del oro negro, los incluyan en el disco duro de nuestra memoria histórica. ¡Vale la pena!

Cortesía de: www.noticierodigital.com y José "Cheo" Salazar



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