viernes, 3 de mayo de 2013

El Día de la Santa Cruz



Primera caída:
El 3 de mayo.

El día de hoy es día de fiesta para todos los albañiles de México, como también lo era para aquellos albañiles que trabajaban con mi padre año tras año, ya que le gustaba comprar terrenos y construir o remodelar casas. Decía que era la mejor inversión. Tenía un grupo de albañiles que eran dirigidos de manera magistral por el maestro Asencio Granados Flores, a quien de cariño le decíamos Chencho. En esos días del 3 de mayo, año con año, mi papá mandaba comprar barbacoa, carnitas, nopales con queso, cebolla, tortillas, salsas, chicharrón, cajas de refrescos y de cerveza. A mis siete años de edad no entendía por qué hacían fiesta los trabajadores y por qué Chencho colocaba una cruz adornada con listones blancos y azules en lo más alto de la obra, llenando de flores y adornos de papel de china una casa deshabitada y que aún no estaba ni siquiera terminada. Chencho hablaba en Caliche, arrastrando la voz, similar a la manera de hablar de Pedro Infante en las películas ‘Ustedes los Ricos, Nosotros los Pobres’ y ‘Pepe El Toro’.

“¡Óoooraaaa! Ya ni la muuelaaas... ¡Es el Día de la Santa Cruuuz y es día de pachaaaanga! ¡Miraaaa, en este día se festeja a los albañiles, peones, maestros de obra y macuaaarros!” ¿Ma queeee?, le preguntaba sorprendido.

“¡Macuarros!”, me respondió y me explicó: “Los macuarros son los que se inician en este trabajo, también les decimos ‘media cuchaaara’”.

¿Media qué?, volvía a preguntarle y él ya desesperado me respondía “¡hombreee, son los que nos ayudan! ¿Entiendeees?”. Mi papá me explicó que el 3 de mayo era la fiesta tradicional de los albañiles en México y acostumbran colocar en lo alto de la fachada de la obra en construcción una cruz de madera adornada con flores y papel de china, claro, previamente bendecida por un sacerdote. Después supe que esta tradición data de la época colonial a partir de la formación de los gremios y, según viejas crónicas, fue impulsada por Fray Pedro de Gante.

Segunda caída:
De la porra ruda a trabajar con El Santo.

Asencio conoció a mi papá en su época de rudo y él, con un grupo de amigos, era integrante de la famosa ‘Porra Ruda’. En aquel entonces Asencio iba a las funciones de lucha libre en las Arenas México y Coliseo para apoyar a El Santo, sin imaginar jamás que algún día trabajaría para él y aún más, que lo llegaría a conocer en persona y sin máscara.

Mi padre construyó su primera casa en la colonia Sevilla, cerca del Mercado Jamaica, en la calle de Cincel 76 Bis, lugar en el cual compró un terreno por sugerencia de su hermana Josefina y su cuñado Carlos Villanueva (mis queridos tíos José y Carlos), quienes vivían en esa misma calle. Fue mi tío Carlos quien lo convenció para invertir en un su primer terreno y construir. Le recomendó unos maestros de obra: Asencio Granados y a su hermano Isidro, dos albañiles que trabajaban con mi tío y que tiempo después serían los encargados de construir para mi papá su primer casa, sin imaginar jamás que don Rodolfo era el mismísimo Santo. Esta casa aún existe y su actual dueño la mantiene exactamente igual que como la dejaron mis padres.

Mi tío Carlos era profesor y director de una secundaria en el pueblo de San Antonio Tecómitl, era un hombre culto e inteligente y una persona sumamente importante en la vida de mi padre, no sólo porque era un cuñado muy querido, también era un hombre visionario y se convirtió en el mejor asesor de bienes raíces de mi padre. Al paso de los años el maestro Asencio y mi papá hicieron una excelente mancuerna en cuestiones de construcción. Mi papá dibujaba bocetos de planos y diseños de las casas (él decía que le hubiera gustado ser arquitecto de profesión) y Chencho entendía de inmediato la idea y ponía literalmente ¡manos a la obra! Así construyeron más de cinco casas, una de ellas la de Beisbol 76 (qué coincidencia el número) y fue ahí donde pasé mis primeros 5 años de vida. Otra fue la de Av. Tláhuac 5509, que permanece en pie y en donde disfrute mi niñez y adolescencia. Fue así que el maestro Asencio se quedó a trabajar de planta con mi padre durante más de 30 años hasta que un día le dio su liquidación.

Tercera caída:
¡Felicidades!

Eran muchas las travesuras que yo le hacía al maestro Asencio. En ocasiones pisaba el cemento fresco y ponía mis huellas de los pies en el piso que cuidadosamente Chencho había aplanado y nivelado con la regla. Cuando traía cargada la carretilla, yo me subía en el frente y me balanceaba de un lado otro hasta lograr que perdiera el equilibrio y tirara todo el material al suelo. “¡Oooraaa, se va a enojar tu ‘jefe’! Me va a regañar porque no he terminadooo! ¡Yaaa, no seas malora, mejor
vete a estudiar!”

Pero también el maestro Asencio me enseñó muchas cosas, como preparar la mezcla. Pacientemente me indicaba cuánta cantidad de arena, cemento y graba tenía que poner en forma de una montaña sobre el suelo mojado y después con una pala tenía que ir abriendo un hoyo en el centro para transformando en el cráter de un volcán imaginario. Asencio también me enseñó a usar el pico, el nivel, la cuchara, el cincel, el martillo y el plomo. Me enseñó a ‘volar’ por tres o cuatro metros, cada uno de los tabiques y ladrillos que iban a utilizar. También aprendí con él a cernir la arena y a doblar y cortar la varilla y el alambrón. En la hora del almuerzo, Chencho colocaba en una pequeña fogata la tapa de lámina de un bote de pintura que servía de comal, y colocaba ahí sus tacos de papa, chicharrón o frijoles y me invitaba a comer con él y con sus peones. En ocasiones me decía: “¡Ve a tu cantón y ‘traite’ unos chiles de amor!”, ¿unos queeé?, le contestaba extrañado. “¡Oraa, unos chiles verdes: de amordida!”

Yo iba a mi casa y sacaba del refrigerador los chiles y alguna salsa o guacamole que mi mamá había preparado para la comida y ella sólo me miraba y me decía: “¡Ya vas a comer con los maestros ¿verdad?”. Salía corriendo con mi cargamento de chiles y deliciosas salsas y, casi siempre, mi mamá me detenía para darme un recipiente con arroz recién cocinado para compartir con ellos.

El patio de mi casa tenía aproximadamente 20 metros de largo y cuando tocaban el timbre y Chencho iba a abrir, yo corría tras él y de un brinco me trepaba en su espalda para que me llevara de caballito hasta la puerta. Él sólo se tambaleaba y se reía diciendo: “¡Oraleee chavo, me vas a tirar!”... Y así era cada día, cada mes, cada año y yo cada vez le pesaba más y más. Me fue viendo crecer y yo lo fui viendo envejecer y llenarse de canas, pero siempre estábamos juntos, después iba a las arenas a verme luchar y yo veía cómo se le humedecían los ojos cuando me veía aventarme desde la tercera cuerda.
Ahora que ustedes están leyendo esta columna estimados amigos de RÉCORD, miren a su alrededor y observen detenidamente cada uno de los muros, techos, ventanas y pisos de ese lugar en que están y piensen en cada uno de esos trabajadores que, como Chencho, construyeron con esfuerzo y dedicación, colocando cada ladrillo, cada azulejo, cada trabe de esa construcción, que alguna vez cuando fue una obra negra y tuvo en su parte más alta una cruz llena de flores y adornos para festejar el Día de la Santa Cruz.

Felicidades a todos los trabajadores de la construcción por hacer de su trabajo una obra de arte. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

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