viernes, 17 de mayo de 2013

Mi maestro Rafael Salamanca

Primera caída:
Mis maestros

Estimados amigos de RÉCORD, ayer se celebró el Día del Maestro y hoy quiero felicitarlos a todos, pues hemos aprendido mucho de ellos. Nuestros profesores han marcado momentos muy importantes en nuestras vidas porque muchos se convirtieron en nuestros amigos, en nuestros cómplices y en nuestro ejemplo a seguir. Hoy, muchos de nosotros somos expertos en materias y disciplinas que con tanta dedicación y fervor nos enseñaron. Nuestros maestros no sólo son aquellos que conocimos en las escuelas, también hay muchos más que hemos conocido en nuestros diferentes empleos o profesiones. Si somos mecánicos, panaderos, carniceros, comerciantes y nos dedicamos a cualquier actividad que no nos permitió ir a la escuela, pero de la que hoy vivimos, es gracias a lo que aprendimos con nuestros maestros.

A muchos de mis maestros les he perdido la pista y quizá no sepan que gracias a sus enseñanzas hoy soy lo que soy. Sin embargo, otros siguen mi carrera profesional y me han hecho saber que se sienten orgullosos de mí, saben que han tenido que ver en parte de mi éxito.

También nuestros padres son nuestros maestros. Yo fui muy afortunado porque mi padre no sólo fue mi ejemplo y me enseñó a ganarme la vida a través del trabajo honesto; él también fue mi maestro dentro del hermoso deporte que hoy me ha brindado tantas y tantas satisfacciones: la lucha libre profesional.

Segunda caída:
Mi primer maestro de lucha

¡Hoy quiero brindar un homenaje muy especial a mi maestro Rafael Salamanca! Un hombre que me enseñó los secretos de la lucha libre. Aquel 1978 lo recuerdo como si fuera ayer. Mi padre y yo llegamos una mañana de primavera a la Arena México, entramos por la parte trasera del estacionamiento. El frío y lo grande del lugar me impactaron, era la primera vez que entraba estando vacío.

Mi padre me tomó del hombro y me fue guiando por los oscuros y solitarios pasillos que él conocía a la perfección y empecé a experimentar un singular nerviosismo, pues no iba a ver ningún espectáculo, iba a conocer a quién sería mi futuro maestro. Subimos unas escaleras y conforme subíamos a las gradas veía desde ahí la majestuosa catedral que, viernes a viernes de temporada, veía repleta de aficionados cuando se presentaba El Santo.

Llegamos finalmente al gimnasio, situado en la parte más alta de la arena y apareció un hombre muy alto, de pelo negro repleto de vaselina, un bigote muy bien recortado y vestido con zapatillas y mallas de lucha; traía una camiseta de tirantes y un cigarrillo en la mano. Era Rafael Salamanca a quien yo había visto luchar algunas veces en las funciones de la México, regularmente en la primera o segunda lucha, en un mano a mano contra Leo López, Pepe Casas, Mr. Steel, Sergio Borrayo y Tino Herrera, entre muchos maestros más.

Mi padre y él se saludaron con enorme respeto. Me presentó a mi nuevo maestro y le pidió que sólo me enseñara lo esencial de lucha olímpica e intercolegial, pero no lucha libre profesional. El profesor Salamanca me guiñó el ojo en señal de complicidad y me tendió su mano.

Tercera caída:
Rafael Salamanca

Rafael Salamanca, de origen guerrerense, inició su carrera como luchador profesional en 1959 y emuló con sus poderosas piernas las tijeras de aquel portentoso Black Guzmán. El profesor Salamanca era un hombre de carácter seco, calculador y amante de todo aquello que tenía vida. Decía que su mayor diversión era estar con sus seis hijos, a quienes se dedicaba y por quien luchaba. No le tenía apego a la vida, decía que la vida y la muerte eran iguales. “Nace el que tiene que nacer y muere el que tiene que morir”, decía.

Platicaba mucho conmigo en los momentos en que terminábamos los entrenamientos y entonces, con su paso pausado, iba a su locker y sacaba una cajetilla de cigarros, encendía uno y se paraba junto a la ventana (con un pie subido en una banca, mientras yo me secaba el sudor y me sentaba a su lado). Parecía como si su mente se llenara de recuerdos y nostalgia, miraba hacia abajo a la calle de Dr. Lavista y reiniciaba la amena charla respondiendo a mis preguntas.

“Me gustan todas las mujeres, no tengo predilección por un tipo de mujer y la comprensión fue el factor por el cual yo me casé”. Nada lo inquietaba, era un hombre sumamente paciente y me platicaba que no había desperdiciado el tiempo de su vida, que se sentía muy satisfecho de haberse dedicado a la lucha libre, a pesar de que las oportunidades se quedaron en ‘veremos’, quizá a causa de su propia inseguridad.

“Por ello, tienes que confiar en ti mismo, aunque no estés alto y estés ‘delgadito’. Con el tiempo vas a embarnecer y serás tan grande como tu padre. ¡Mira a este hombre, es un triunfador y tiene tu estatura!”, señalaba entonces a otro gran maestro: Blue Demon, quien estaba concentrado levantando pesas.

“Debes tener seguridad en ti, hay tantos factores para triunfar y fracasar…Yo no soy conformista, soy realista y si no hay más por el momento, entonces me dedico a dar clases. Como instructor me siento a gusto y cuando lucho siempre subo con la confianza de ganar mis encuentros y así debes de pensar tú, en ganar y ser el mejor. Cuídate siempre de los compañeros y rivales, no confíes ni en tu propia sombra”.

Y entonces me platicó esta historia: “Una ocasión en Acapulco, para ejercitar un poco los músculos nadaba de Caletilla a la Roqueta. Después de haber avanzado más de la mitad me quedé flotando unos momentos para descansar, cuando de pronto vi una sombra cerca de mí y sin pensarlo me regresé velozmente nadando impulsado por el miedo. Ya cerca de la orilla de Caletilla, me quedé otra vez quieto y nuevamente apareció la sombra, sólo que esta vez con la confianza de encontrarme pisando, observé con calma aquello y ¡caramba, era mi propia sombra!”.

Así era mi maestro, el gran luchador y mejor ser humano Rafael Salamanca. Es importante lo que nos han enseñado nuestros maestros, pero también es muy importante lo que ahora nosotros enseñamos, sobre todo a nuestros hijos. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

By El hijo del Santo

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