jueves, 22 de agosto de 2013

De leñador a estrella

Primera caída: ‘Tiene con qué’
Cuando en un joven luchador existe talento, conocimiento, carisma y un buen físico o dicho en otras palabras ‘tiene con qué’, lo siguiente es darle la oportunidad de enfrentar a los que ya están en la cima. Sin esta oportunidad, es imposible que estos jóvenes crezcan luchisticamente.
Es como cuando tenemos en una pequeña pecera a un pececito, éste se adaptará al tamaño de su hábitat y crecerá lo suficiente para vivir en ese limitado espacio; sin embargo, si este mismo pez cuenta con más espacio y lo cambiamos a una pecera de mayor tamaño, o mejor aún, a un estanque, seguramente crecerá el triple o el cuádruple de lo que hubiera crecido en la pequeña pecera.
Eso mismo sucede con los jóvenes luchadores; si no pasan de la primera lucha y se siguen enfrentando siempre a los mismos, ahí se quedarán por siempre, pero si empiezan a recibir luchas semifinales y estelares, enfrentando a luchadores consagrados, su futuro será diferente.
Hay que tomar en cuenta también que esta oportunidad la pueden recibir muchos, pero sólo algunos la van a saber aprovechar. En la historia de la lucha libre mexicana existen un sinfín de ejemplos de buenos luchadores que jamás fueron estrellas a pesar de haber recibido la tan anhelada oportunidad; sin embargo, con el tiempo, se convirtieron en grandes maestros.
Hoy les hablaré de un joven luchador que nació en la ciudad de México el 14 de febrero de 1929 y en cierto momento de su vida, por falta de oportunidades, se fue de leñador a la sierra de Chihuahua.
Años más tarde, Luis Ramírez Romero (su nombre de pila) se convirtió en un excelente luchador olímpico. A principios de la década de los años 50, este novato hizo su debut con el nombre de ‘El Leñador’, allá en Monterrey, Nuevo Leon y gracias a su ímpetu y deseos de destacar, se ganó, como rudo, el desprecio y el odio del público.
En una ocasión, el promotor don Jesús Garza Hernández evitó que fuera linchado por los aficionados, al finalizar una lucha en donde El Leñador y El Estrangulador terminaron a botellazos, sillazos y golpes contra Polo Torres y Rolando Vera; la gente se fue sobre él y tuvo que ser llevado al hospital.
En otra ocasión, en Saltillo Coahuila, se enfrentó a Álvaro Velazco y Rolando Vera, formando dueto con Salvador Lotario, y fue tal la bronca que armaron estos luchadores, que un aficionado le metió una navaja en la espalda.
Así, armando estos escándalos, El Leñador alcanzó las luchas estelares, después de haber militado durante tres años en las primeras luchas.
Su fúnebre máscara negra, su buen luchar y su bien torneado físico, fueron otras características que lo ayudaron a llamar la atención del público regio y del occidente, pero le faltaba algo para destacar totalmente; se le pronosticaba un gran porvenir después de haberse enfrentado y derrotado en Guadalajara a maestros como Gorilita Flores, Rolando Vera y El Enfermero.
Segunda caída: De leñador a luchador
Su historia es muy parecida a la de muchos luchadores que antes de convertirse en estrellas llevaban otro nombre como son los casos de El Hombre Rojo, que se convirtió en El Santo o del Tosco, que años después fue Blue Demon.
Así, el Leñador cambio su nombre por el de El Gladiador, en homenaje a los gladiadores romanos; también cambió el diseño de su máscara negra, a la que le agregó un antifaz blanco con unas atractivas líneas onduladas. Ése fue su primer diseño ya que años más tarde intercambió los colores de su nueva capucha, que se convirtió en blanca con el antifaz negro y como símbolo puso dos pequeñas ‘hachas’ en la parte de los oídos, lo anterior para no olvidar sus orígenes.
A partir de entonces, este joven novato empezó su ascendente carrera hacia el éxito y recibió la tan esperada oportunidad en súper estelares cuando llegó a la Ciudad de México para enfrentar un 20 de marzo de 1955 a El Verdugo, a quien venció en una caída con un tirabuzón.
Su segunda oportunidad estelar fue contra Blue Demon, el 27 de marzo, y a pesar de que perdió ante el Demonio Azul, siguió su carrera enfrentando y venciendo a luchadores del calíbre de Black Shadow, Cavernario Galindo, Gorilita Flores y Joe Marín.
El 12 de agosto en una lucha de relevos, formando pareja con Bobby Bonales, derrotaron a El Santo y Moloch. El Enmascarado de Plata, no conforme con esa derrota, pidió una revancha en mano a mano que se efectuó una semana después y, ante la sorpresa de todos los aficionados, el 19 de agosto, El Gladiador derrotó al El Santo, logrando con estos triunfos la nominación al Novato del Año de 1955.
Tercera caída: Su trágico final
Sus mejores compañeros en luchas de relevos fueron Bobby Bonales y Dorrel Dixon. Con ellos venció a duetos integrados por Blue Demon y Pepe Mendieta; Tarzán López y Joe Marín; Cavernario Galindo y El Bulldog, así como a El Santo y Chico Casasola.
El Gladiador continuó con su arrolladora carrera venciendo a los mejores pesos Welter y Medio hasta que su ambición lo llevó a retar en una lucha de máscara contra máscara a El Santo. Esto sucedió el viernes 21 de septiembre de 1956 en la Arena México. De esta lucha, les platicaré en otra ocasión, pero el resultado ustedes ya lo conocen: ¡El Santo conservó su máscara!
Recuerdo que mi padre decía que desde su primera aparición, El Gladiador demostró estar fabricado de esa pasta privilegiada que poseen las grandes personalidades por su estupendo físico y sus enormes dotes luchísticas, así como sus grandes recursos para luchar de rudo o de técnico.
También recuerdo que mi padre lamentaba profundamente todos los problemas que El Gladiador se buscaba de manera gratuita. Decía que era un joven atrabancado e impulsivo y que si en su vida hubiera sido más disciplinado, las cosas hubieran sido diferentes para él.
Ya les he compartido a ustedes que muchas veces algunos de nuestros grandes rivales se convierten en nuestros mejores compañeros, quizá por todo el tiempo de convivencia que compartimos en viajes, hoteles y arenas de lucha.
El Gladiador era un joven bravucón, se peleaba en la calle con cualquiera que, desde su punto de vista, lo mirara feo, al grado de haber golpeado en Guadalajara a un grupo de agentes de la policía, a quienes noqueó con la cacha de sus propias pistolas.
Decían que se le había subido la fama a la cabeza y de esta manera se echó encima a la prensa y a muchos compañeros luchadores.
Este hombre de carácter temperamental fue asesinado dentro de una cantina en la ciudad de Guadalajara, el 3 de diciembre de 1965, por platicar con una dama que, al parecer, iba acompañada por un militar quien, celoso, le propinó una serie de balazos.
Lo que es cierto y lamentable es que la lucha libre perdió a uno de sus más grandes exponentes: un buen hombre y singular luchador, quien a los 36 años (edad en que murió), tenía un enorme futuro por delante.
Actualmente, hay muchos luchadores que, al igual que a El Gladiador, vale la pena apoyar y brindarles la oportunidad de crecer luchísticamente. Nombres como Saruman, Imposible, Horuz, Zumby o el francés Heidi Karoui, son algunos de ellos, porque son jóvenes que hasta ahora, sólo han nadado en pequeñas peceras.
“Mi novatez y mi explosivo carácter, me han hecho cometer innumerables errores”: El Gladiador. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

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