viernes, 18 de octubre de 2013

31 años en el ring


Primera caída: Las primeras enseñanzas
Hoy viernes 18 de octubre cumplo 31 años como luchador profesional y lo festejaré en el ring en la ciudad de Tijuana, BC.
Recordar aquel lunes 18 de octubre de 1982 siempre es grato, como lo es el recordar cada momento que ha marcado mi carrera luchística. En mis inicios, como todo novato, fui luchador inexperto; sin embargo, siempre tuve la cualidad de saber escuchar los consejos de los que más sabían, empezando por los invaluables consejos de mi padre.
Hoy, 31 años después, sé que el haber escuchado a los de mayor experiencia me hizo crecer como persona y como profesional. Bien dice el dicho que “El que no oye consejo, no llega a viejo”. Muchos fueron mis compañeros, promotores y réferis que en algún momento se acercaron a mí para darme un buen consejo; hoy se los agradezco enormemente porque gracias a ellos me fui formando y fui aprendiendo a desechar lo malo.
Luchadores como don Ismael Ramirez ‘Charles Bronson Mexicano’, Perro Morgan, Voltio Negro, Mercenario, Matemático, Lobo Rubio, Jose Luis Mendieta, fueron algunos de los muchos compañeros que sin ningún interés corrigieron mis fallas.
Promotores como Raúl Reyes, Benjamín Mora, Agapito Treviño, René Guajardo, entre muchos más, tuvieron la gentileza de brindarme su tiempo para charlar conmigo y hacerme no sólo críticas, también comentarios positivos que hacían que mi autoestima estuviera en los niveles más altos de mi interior.
Otro hombre clave en mi carrera fue don Carlos Suárez Manzanero, representante y gran amigo de mi padre y, posteriormente, mi representante. Carlitos siempre estuvo a mi lado cuidándome y administrando mi carrera. Era un hombre muy sabio e inteligente y más que darme consejos, me platicaba las experiencias vividas junto a mi padre; algunas eran buenas y otras no. Así, en sus charlas, siempre había un mensaje del cual yo aprendía y podía elegir cuál era el camino correcto.
Segunda caída: Mi maestro en la rudeza
En mi carrera se cruzó un luchador a quien le tengo gran admiración y respeto. Fue un duro rival de mi padre y después también mío: el Perro Aguayo.
Cuando lo conocí, le hablaba de usted, pero con el tiempo nos hicimos buenos amigos y compañeros; sin embargo, en ese lapso me hizo sufrir en el ring lo que ningún otro rival me había hecho sufrir. Recuerdo que nuestro primer mano a mano fue en la Arena Coliseo de Reynosa, Tamaulipas, bajo la promoción de Agapito Treviño. La arena era insuficiente para los miles de aficionados que querían ver este sangriento encuentro. Terminé bañado en sangre, lastimado y con el orgullo en alto porque le había dado batalla a un señorón.
En ningún momento me ‘achiqué’ ante mi experimentado y desalmado rival. Fue el año de 1983, aún sin haber cumplido un año como profesional. El Perro no necesitaba darme consejos, pues su sola actitud sobre el cuadrilátero era suficiente para ver cómo se desenvolvía un auténtico rudo.
Era cínico ante el público y jamás les decía una mala palabra, era incansable y le gustaba que le respondiera al tú por tú, así que aprendí, que el respeto se quedaba en los vestidores y si él me estrellaba una silla en la cabeza, yo le estrellaba dos, si me sangraba, yo veía la manera de hacerlo sangrar también. Eran encuentros dramáticos en donde la gente se dividía con los gritos de “¡Perro, Perro!” y “¡Santo, Santo!”.
Con él, aprendí que un resultado en la lucha no siempre es lo más importante. Muchas veces perdí y gané, pero lo más importante no era quién ganaba, sino dar un gran espectáculo y ver cómo los aficionados salían satisfechos de la arena.
Ahí, en esos encuentros descubrí mi parte oscura, esa parte que en ocasiones no queremos mostrar; mi yo rudo. Disfrutaba verlo sangrar, golpearlo y lograr enardecer al público para escuchar sus reclamos.
Con la adrenalina en todo lo alto, me embarraba la sangre en mi pecho y tomaba fuerza para atacar y dominar al gran rudo que yacía tirado a mis pies. El Perro era tan carismático que, a pesar de ser rudo, la gente lo adoraba y, por lo tanto, me daba la espalda. Inexplicablemente, yo lo disfrutaba al máximo.
Nuestros encuentros en el Toreo de Cuatro Caminos son históricos. Ahí, literalmente, recibí la alternativa en luchas estelares formado pareja con Canek y enfrentando a Fishman y al Perro Aguayo. Tiempo después, el Perro se cambió al bando técnico y con Mil Máscaras formamos uno de los tríos más taquilleros y completos de la lucha libre.
Entonces, convivimos mucho en aviones, carreteras y hoteles. Nos convertimos en compadres y entonces sí, Pedro me dio muchos consejos que fueron importantes en mi carrera. En 1992, me convenció para emigrar a Triple A y ahí, con Octagón, formamos uno de los mejores tríos.
Tercera caída: El bando rudo
Después de dos años de permanecer en Triple A, decidí que había llegado el momento de regresar con los Independientes y así lo hice. Volví en plan estelar a la Arena México para enfrentar a un viejo y conocido rival que había hecho de las suyas en mi ausencia: El Negro Casas, quien era en ese momento el rudo número uno de la México.
Llegaba El Hijo del Santo para ponerlo en su lugar sin jamás imaginar que los más de 18 mil aficionados que llenaban la arena me darían la espalda apoyando en todo momento a José Casas, abucheando cada uno de mis movimientos.
Entonces, recordé aquellas luchas contra Aguayo, en donde el público, con justificación, se metía conmigo al golpear y sangrar al Perro ¿pero aquí en la México, sin justificación alguna era víctima de rechiflas y abucheos? ¿Por qué? Casas era el luchador local y yo, el visitante.
Un extraño sentimiento de ira invadió mi interior y me fui con enorme furia sobre Casas, lo patee, lo golpee con saña y me encaré con el público. Salí por el pasillo y enfrenté a los aficionados que me lanzaban gran cantidad de líquidos, papeles, vasos y cualquier objeto que tuvieran a su alcance y yo ahí, firme y sin moverme, recordé la actitud cínica del Perro Aguayo y empecé a reírme de ellos invitándolos a continuar lanzándome objetos.
Entré muy molesto al vestidor y el señor Francisco Alonso me dijo con un gesto de sorpresa: “¡Tienes que volverte rudo!” “¿Rudo yo?”, le contesté. Lo medité por algunos días y tomé la difícil decisión de cambiar de bando por el lapso de un año.
Sería muy difícil en este espacio contarles hoy de mi experiencia como rudo. Ya lo haré en una entrega a RÉCORD dedicada a este capítulo de mi vida. Lo que es cierto es que en estos 31 años de luchador he vivido experiencias insólitas, estremecedoras, he visto sucumbir a muchos ante el vicio y los excesos y he estado cerca de ellos.
He aprendido que los golpes más duros de mi vida han sido, irónicamente, abajo del ring. He visto traiciones y deslealtades en todo lo alto, he ganado dinero y he tenido momentos muy difíciles económicamente y en todos los aspectos, incluso, ya fui lesionado, pero también he sido un profesional que ha tenido grandes satisfacciones y, por fortuna, las sigo teniendo hasta hoy, como participar en el próximo Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), donde fuimos incluidos en la selección oficial del mismo con la películadocumental ‘El Hombre detrás de la Máscara’ donde se ven reflejados estos 31 años de trabajo, triunfos y alegrías.
No fue fácil para mí compartir material inédito de eventos familiares, además de contar intimidades de mi vida, pues no es mi estilo el estar ventilando mi vida privada. Con esto festejaré mi aniversario 31 y espero que pronto esté en alguna sala de cine para que todos puedan verlo.
Lo que es cierto es que sin el apoyo de mi fiel público nada hubiera existido. También, es común recibir noticias tristes como el reciente fallecimiento de mis compañeros, el réferi ‘El Chocolate’ y Juanito Alvarado Nieves, El Brazo, que en paz descansen y deseo la pronta resignación de sus familias y amigos.
Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

PODCAST BAJO LAS CAPUCHAS