viernes, 4 de octubre de 2013

Hoy, hace 38 años



Primera caída: Un viernes 3 de octubre
El 3 de octubre de 1975, mi padre expondría una vez más su máscara y enfrentaría a uno de sus más difíciles rivales, y no porque éste fuera superior a Bobby Bonales, Tarzán López, Black Shadow o al Espanto I, sino porque además de ser un aguerrido y sanguinario luchador, era muchísimo más joven que él.
En ese combate de máscara contra cabellera, mi padre tenía mucho qué perder y si lograba ganar y rapar al peligroso Perro Aguayo, El Santo obtendría una cabellera más a su vitrina de trofeos, pero demostraría que seguía siendo un luchador invencible en duelos en donde tenía que defender su máscara.
Esa mañana, mi padre ya se encontraba haciendo sus ejercicios matinales cuando me fui a despedir de él para irme a la escuela. Se veía tranquilo, pero sé que estaba inquieto por el gran compromiso de esa noche, pues se había levantado mucho antes de su horario habitual.
En el transcurso de la semana, las revistas especializadas de lucha libre ya habían pasado por mis manos, por las de mi padre, de mis hermanos e incluso de mi mamá y de mis hermanas, quienes no asistían jamás a las arenas de lucha, pero sí reprochaban a mi papá el hecho de haber retado al Perro Aguayo.
Cuando volví del colegio, mi padre ya había comido. Era sumamente cuidadoso en el horario de sus alimentos cuando tenía que luchar, y más aún en un mano a mano y ante un rival como el que enfrentaría esa noche.
Los diarios deportivos ya estaban en casa y anunciaban la gran lucha de ese viernes 3 de octubre en la Arena México.

Segunda caída: La historia de la rivalidad
Una semana antes, mi padre intentó arrebatar a Pedro Aguayo Damián, el Campeonato Mundial de Peso Medio de la NWA.
La Arena México lucía un gran lleno para ver cómo se coronaba El Santo. El público coreaba su nombre, pero en una lucha llena de técnica (contrario a su estilo), el Perro sorprendió a propios y extraños al mostrar gran variedad de recursos a ras de lona y así vencer a su legendario rival en la tercera caída.
No fue la condición física, ni la técnica con lo que el ‘Can de Nochistlán’ venció al Santo, fue indudablemente la juventud y resistencia de don Pedro lo que superó al maestro, pues mi padre llevaba, hasta entonces, 33 años defendiendo su máscara y tenía 58 de edad.
Por ello, al sentirse derrotado, no dudó en retar a su rival a una lucha de máscara contra cabellera ante la incredulidad de los aficionados y de nosotros.
Mis hermanos, en ese momento, se enojaron al escuchar el reto que mi papá lanzaba al Perro. Sentí un profundo e inexplicable miedo, mis manos empezaron a sudar al escuchar que el reto se hacía oficial y se anunciaba para la siguiente semana.
El Perro Aguayo era un joven novato que había debutado en 1970 en Guadalajara y venía arrasando muy fuerte. Había ganado algunas máscaras y cabelleras en la Arena Coliseo de aquella ciudad, igual que aquí en el DF. Algunas de sus víctimas eran buenos y bien preparados luchadores como Luis ‘Tigre’ Mariscal y Ringo Mendoza.
Fue el polémico y duro catador de talentos, el ex luchador Ray Plata, quien de manera despectiva lo bautizó como ‘El Perro’. Así le decían en el gimnasio para molestarlo, pero Pedro no hacía caso, sólo soñaba en debutar y ser un gran luchador. Nadie imaginó jamás (ni él mismo), que ese apodo lleno de desdén, sería el que lo colocaría en los cuernos de la luna.
El Perro Aguayo participó en las famosas luchas del ‘Cuás’ en la Arena México. Estas luchas eran las que se presentaban después de la estelar y eran para evitar aglomeraciones a la salida entre el público, pues mucha gente las veía; pero Pedro lograba que 90 por ciento del público permaneciera en sus asientos para ver sus sangrientas batallas, pactadas a una sola caída.

Tercera caída: La lucha de apuesta
Legamos aproximadamente a las 7:30 de la noche a la Arena México. La gente se arremolinaba alrededor del auto de mi padre y los gritos de “¡Santo, Santo, Santo!” no se hicieron esperar. ¡Mi corazón latía cada vez más fuerte y el de mi padre seguramente también. Descendió del auto acompañado por Carlitos Suárez, mientras que yo me encargaba de estacionarlo.
La Arena México se iba llenando y después de la primera lucha en la que Chino Chow vencía a Leo López, ya se encontraba llena a toda su capacidad.
Intenté concentrarme en los siguientes encuentros y vi cómo Ciclón Veloz Jr. vencía a Baby Face; después, el triunfo de Dr. Wagner y El Halcón ante Ángel Blanco y Alfonso Dantés.
Luego, El Rostro, Cien Caras y Alberto Muñoz vencieron a Fishman, Raúl Reyes y Coloso Colosetti. Después, en mano a mano por el Campeonato Nacional Medio, Ringo Mendoza venció a Tony Salazar.
De pronto, el público se levantó de las butacas para ver la aparición del Perro Aguayo por el pasillo de los rudos y, minutos más tarde, por el pasillo de los técnicos, El Santo aparecía en hombros.
El ambiente ya era ensordecedor. El referí Eddy Palau revisó a ambos y enseguida, el Perro se lanzó sobre mi padre a base de patadas, golpes y rodillazos ante el repudio de los más de 16 mil aficionados que abarrotaban el lugar; Aguayo venció al Santo con palanca a los brazos en la primera caída.
Al dar inicio la segunda, las rudezas del Perro continuaban, pero jamás imaginó que El Santo sería más rudo que él y recordando sus mejores tiempos, mi padre propinó una serie de rodillazos en el rostro a Aguayo, así como estrellones contra los esquineros, y cuando el Perro no sabía de dónde caían tantos golpes, fue eliminado con una contundente llave ‘de a Caballo’.
Al iniciar la tercera caída, El Enmascarado de Plata continuaba dominando la lucha y en una reacción del Perro, éste se fue sobre su rival y le rompió la máscara plateada, lo que enfureció a mi padre, quien estrelló a su peligroso rival en los cuatro postes del cuadrilátero, ocasionando una herida de casi 10 centímetros en la cabeza del Campeón Mundial Medio.
Aún así, sangrando, el Perro reaccionó como un verdadero can que no se dejaba humillar; volvía a golpear a su veterano rival y los dos, en ‘toma y daca’, nos tenían al filo de la butaca.
Debo de confesar que tenía que dirigir mi mirada al suelo cuando Aguayo atacaba a mi padre, pues la máscara estaba totalmente ensangrentada de la parte superior y no sabía si era sangre del Perro o de mi papá. Sólo levantaba la mirada cuando el público reaccionaba en favor del Santo.
Tras una serie de llaves y espaldas planas, que sólo llegaban a los dos segundos y nos hacían sudar frío, el Perro intentó salir de tope entre la segunda y tercera cuerda sobre El Santo, pero los coágulos que inundaban sus ojos, taparon su visibilidad y se estrelló contra las cuerdas cayendo semi noqueado en el centro del ring.
Esto lo aprovechó El Santo para subir a la tercera cuerda y lanzarse con tope de clavado que dio justo en el abdomen del lastimado rival. Luego, el enmascarado cubrió el cuerpo del Perro y Palau contó las tres palmadas reglamentarias ante la locura de los aficionados, quienes se desbordaron alrededor del ring para ver cómo rapaban al Perro después de esta tremenda lucha.
“El Santo se portó muy marrullero. ¡Este triunfo se lo debe al réferi porque no lo descalificó! Ni modo, salió más rudo que yo”: Perro Aguayo. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

By El hijo del Santo


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