sábado, 25 de enero de 2014

“1968 una Temporada de Juegos Sagrados”

Hoy les presento un estupendo trabajo de mi amigo y colaborador Francisco Javier, el cual está dedicado a su Sr. Padre quien le inculcó la afición a la Lucha Libre, esperamos sea de su agrado...



De acuerdo con un pensador del siglo XX, todo Juego es una actividad libre. Sin embargo, tiene una circunstancia peculiar, nos aparta de la vida cotidiana y la rutina. Comienza, cuando se elige jugar y puede terminar por varias razones, entre otras, por darse el final de la contienda.

El Juego, es un "escape" a la vida corriente y mientras se juega, parece que dicha actividad “no tendrá fin”. No obstante, como todo en la vida, el Juego tiene un inicio y un final; y debido a ello el Jugador debe estar consciente cuando es el momento de abandonarlo en definitiva.

Pero el Juego, también tiene otra cualidad que lo hace muy especial: cada contienda se queda “grabada” en la memoria, no sólo en la de los jugadores, sino en la del público expectante, como un “tesoro espiritual”; más adelante un determinado encuentro puede ser conocido por otras generaciones, convirtiéndose así, en una “tradición". Es por la tradición, que el Juego nos puede llevar a la trascendencia y rebasar los límites de la propia existencia.

De esta manera un determinado juego, “nos oprime y nos libera”, “nos arrebata y nos electriza”, “nos hechiza y nos atrapa”. Y al “atraparnos”, nos regala uno de los tesoros más grandes que la vida nos puede brindar, como es el sentido de: Pertenencia. Por todo esto, la idea del encuentro tiende a perdurar aún después de terminado el Juego, y se queda ahí, “anidando en la memoria”, dadas las singulares vivencias compartidas por sus protagonistas y el público aficionado.

Ahora bien, si en algún deporte todo esto ocurre es en la Lucha Libre. Un Juego que exige habilidades únicas, tales como: un estricto control corporal, una agudeza visual y auditiva y una especial concentración mental; con la finalidad de seguir una especie de “Libreto”, un “Plan”, que se diseña y ejecuta, hasta el cansancio, antes de cada contienda.

Desde la época de los antiguos griegos, se dice que no hay mejor momento para adentrarse en el “Arte del Pancracio”, que la primera juventud, cuando un singular sentimiento de “excepción”, se fija en el espíritu de los Jugadores y su Afición, pues mantiene “su encanto”, más allá de la duración de cada contienda. Por todo esto, la Afición es a la Lucha, como el sombrero a la cabeza… “ambos deben encajar a la medida”.

Sería demasiado aburrido, tratar de explicar lo que los especialistas conocen como: “Fraternidad”, “Generación" o “Juego Asociación”. A fin de cuentas, debemos confesar lo difícil que resulta hoy en día: tratar de separar de la esfera de la Lucha Libre a las uniones de tipo duradero, muy parecidas a las de las antiguas culturas griega y romana, con sus ritos de iniciación, sagrados y solemnes. Dada la facilidad con que se rodea de misterio al Arte del Pancracio.

En virtud de que en cada función, las reglas de la vida cotidiana carecen de sentido: “Nosotros… somos otra cosa, porque hacemos cosas distintas”, piensan los Luchadores y sus Seguidores también.

En efecto, la Lucha Libre por definición “es un encuentro entre el bien y el mal” o mejor dicho, “es una representación de algo”, donde ambas funciones (la lucha y el juego) se funden, constituyendo una “pugna cuerpo a cuerpo” para saber ¿quién reproduce algo mejor?

En el fondo se trata de averiguar ¿quién tiene la mejor “escuela”?  ¿rudos o técnicos? con sus llaves y contra-llaves, buscando la anulación del contrincante y al mismo tiempo su antídoto Y con esta finalidad es que “se juega”, es decir, se lleva a cabo “una representación”, misma que se celebra como una fiesta… con alegría y libertad, de ahí que con sobrada razón se llame a este deporte: Lucha Libre.

De esta forma, se crea todo un “Mundo de Temporada”, que en su máxima expresión, se convierte en un “Culto”, al transmitir emociones que nos conmueven a grado tal, de ser una auténtica “revelación” del propio destino, máxime cuando la identidad del jugador se mantiene incógnita tras una máscara o capucha.

Cuyo efecto no cesa con el final de la contienda, toda vez que “su esplendor”, puede “iluminar” nuestro mundo de todos los días. Y esta comunión entre Luchadores y Aficionados, les puede proporcionar una gran satisfacción por el resto de su existencia.

Éste y no otro, es el gran atractivo para que el recuerdo de los “antiguos” Luchadores, reúna a sus “viejos” Aficionados, para gozar, por unos instantes, de esa “Lejana Temporada”, que anida en sus corazones y que ni el inclemente paso del tiempo, podrá borrar de la memoria.

Baste decir que “A dos de tres caídas, sin límite de tiempo”, gozamos, sufrimos y lloramos, apreciando a nuestro “Gladiador” favorito, “rifándose el físico”, con tal de satisfacer nuestra natural fantasía.

Con sobrada razón mi Padre (quien desapareció hace diez años), cuando me llevaba a las Luchas de niño, me decía: “Hijito cada vez que un Luchador se va,  su espíritu viaja al Olimpo”, yo apenas tenía cinco años. Y de aquél momento para acá han transcurrido cuarenta y cinco. Es por todo esto que el reencuentro, nos transporta a una “Temporada de Juegos Sagrados”, que no es otra que la época de nuestra infancia, plena de asombro y maravillas.
Francisco Javier.

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