jueves, 6 de febrero de 2014

30 años sin 'El Enmascarado de Plata'


Primera caída: Rodolfo Guzmán Huerta dentro de El Santo
Escribir y recordar las hazañas de El Santo siempre será motivo de orgullo para mí; sin embargo, escribir para recordar la muerte de mi padre Rodolfo Guzmán Huerta, cada mes de febrero, es triste a pesar de que han pasado 30 largos años desde aquel 5 de febrero de 1984, día que estará siempre presente en mi memoria porque mi papá no iba solo.
Esa tarde, como muchas otras tardes de éxito, iba acompañado, protegido y cubierto por la máscara de plata de El Santo, a la cual Rudy Guzmán le dio vida durante 40 años. Esa ocasión, los miles de aficionados que fueron a darle el último adiós lograron, sin siquiera imaginarlo, que sus gritos y porras en su honor, aminoraran el dolor que sentía en ese momento mi corazón.
Los gritos y vivas que con tanto cariño y emoción lanzaba la gente, dentro y fuera de la funeraria, llegaban hasta mis oídos a pesar de que estaba oculto en un pequeño privado del lugar, porque no quería estar con máscara puesta y tampoco que me vieran llorar.
Entonces, entre el bullicio, le decía en silencio a mi papá: "¡Mira con cuánto respeto y devoción te vienen a despedir todas estas personas que tal vez no conociste, pero que a través de tu trabajo lograste penetrar en el corazón de cada uno de ellos!". Era tal el escándalo que la curiosidad me empujaba y me decía: 'asómate por la puerta entre abierta y observa con gratitud cómo despiden a tu padre'.
Todos sus admiradores pasaban ordenadamente junto al ataúd y así, uno a uno, pobres, ricos, niños y adultos se detenían frente a él y lo miraban entristecidos, al tiempo que acariciaban el opacado cristal. A mí me invadía un enorme sentimiento de gratitud. Era impresionante, porque los gritos de "¡Santo, Santo, Santo!" no cesaban dentro y fuera de la funeraria; se escuchaban como un eco.
Ni en el trayecto que realizó la carroza en el cortejo fúnebre por la Avenida de los Insurgentes hasta llegar a Mausoleos del Ángel, de las calles de Sullivan, se dejó de escuchar el grito de "¡Santo!", ya que la gente lo despedía desde lo alto de los pasos peatonales, de las azoteas, de las casas y edificios; de las aceras, de los autos que pasaban junto a nosotros. Ese eco continuaba retumbando en mis oídos mientras en mi interior también gritaba: "¡Rudy, Rudy, Rudy!".

Segunda caída: Murió El Santo
Para México se había muerto El Enmascarado de Plata, pero para mí había muerto mi papá, a quien era difícil en esos momentos imaginar sin máscara, pues la gente despedía al héroe de las películas, al paladín de la justicia; yo, al ser humano.
Dentro del dolor de nuestra separación, es hermoso recordar cómo lo despidió México, eso disminuyó mi tristeza y lo sé, ahora que lo estoy escribiendo y que recuerdo los tristes momentos que viví esos días, al ver muerto al hombre que me dio la vida, al hombre que me enseñó a caminar y a tantas y tantas cosas más.
Le dije adiós con el corazón destrozado, sabiendo que nunca más lo volvería a ver, que nunca más escucharía su voz para darme un consejo, para llamarme la atención o para tocar con ternura mi hombro y decirme "¿Como estas mano?", frase característica en él para de esa forma mostrarme su amor o decirme "¡Te amo!" palabra muy difícil de decir para muchos papás de ese tiempo.
Dentro de todo eso, el cariño de la gente me ayudó bastante.
Año tras año, lo recordamos con infinita tristeza, pero yo quiero decirles que El Santo sigue vivo en nuestros corazones, en sus películas y en las miles y miles de páginas que hablan de él. El Santo sigue vivo en México y hasta en el extranjero.
La misa celebrada el día de ayer fue sumamente emotiva, ya que fue la Misa Coral del Cabildo de Guadalupe, oficiada por todos los obispos y un coro maravilloso.
La Basílica de Guadalupe fue un lugar muy querido de mi padre, el cual pisó infinidad de veces para ir a visitar y agradecer a su adorada Virgen de Guadalupe por tantas y tantas bendiciones que recibió y, seguramente, también para llorar la partida de los suyos.

Tercera caída: El Santo y sus momentos más amargos
Mi padre, como todo ser humano, sintió en carne propia el dolor que produce la muerte de sus seres queridos y dejó escrito lo siguiente, que hoy comparto con gusto a todos ustedes.
"La vida depara momentos de amargura tales que no se comprende cómo el hombre puede soportarlos sin que se trastorne la razón que le anima. Me refiero a la pérdida de los seres queridos. El hombre es tan ilógico, tan irrazonable, que no se resigna a que se vayan los seres que ama, a pesar de que sabe que es destino inevitable el perder la vida y que, en realidad, eso no es una desgracia, sino simplemente la consecuencia de un hecho natural.
"Nos aferramos tan profunda y egoístamente a los nexos de este mundo, que cuando un golpe de los que acabó de citar nos hiere, clamamos contra el cielo mismo y vemos tan sólo un rayo de Dios en contra de nosotros, como si estuviéramos predestinados a vivir eternamente, como si no, mañana mismo, tendremos que dejar el mísero caparazón que envuelve nuestra alma.
"A pesar de ello, decía antes, ese egoísmo que se torna inaguantable, que nos hace apretar los puños y que tortura tan cruelmente nuestro espíritu, ese dolor que hace brotar gotas de sangre al corazón, no nos abandonará, al fin mortales, durante el transcurso de nuestra efímera existencia.
"El apego a este mundo, el instinto de conservación vence a nuestros propios sentimientos y los dolores que creemos imperecederos se van absorbiendo poco a poco en el papel secante que es el tiempo, hasta no dejar en el alma más que un dulce recuerdo y con esté, un infinito deseo de portarnos bien, de ser buenos para que aquellos ojos que desde la eternidad nos miran, no lloren por nosotros y alguna vez nuestro comportamiento nos conduzca al sitio en el que ansiosamente nos aguardan".
Ésta era la hermosa filosofía de mi inolvidable padre Rudy Guzmán, filosofía que intento comprender para aceptar y entender los proyectos que Dios tiene para mí. Yo creo que hoy hacen falta personajes como El Santo; hace falta que todos nosotros reforcemos los valores que como mexicanos tenemos y sabemos que están ahí. Bien nos haría dar una revisada en nuestro interior y nuestro rededor. No es posible que cada día estemos más acostumbrados a hablar de muertes y delitos como si estuviéramos hablando de simples cacahuates.
Es urgente que nos conduzcamos de una mejor manera y esto lo digo porque realmente ya es preocupante lo que pasa en el mundo actual. Saquemos al Santo que tenemos dentro. Agradezco a todos mis amigos, prensa, compañeros luchadores, luchadoras y aficionados que me acompañaron este año a montar una guardia de honor al lugar donde se erige la estatua del Santo. ¡Gracias!

Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

El Hijo del Santo

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