domingo, 9 de febrero de 2014

CONFABULARIO, suplemento cultural de EL UNIVERSAL No. 36 Detrás del Mito Santo





POR ALEJANDRA HERNÁNDEZ OJENDI

Álvaro A. Fernández se considera un evangelizador de El Santo. Su admiración por este luchador y su interés académico en el tema de los mitos lo llevaron a hacer su tesis de maestría sobre este ídolo popular. En 2004 su tesis se publicó como libro con el título Santo, el enmascarado de plata. Mito y realidad de un héroe mexicano moderno (El Colegio de Michoacán y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) y en 2012 se lanzó la segunda edición (Editorial Universitaria, Red Universidad de Guadalajara y El Colegio de Michoacán).

Fernández es doctor en Ciencias Humanas por El Colegio de Michoacán, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel I, y profesor investigador de la Universidad de Guadalajara. En entrevista, habla sobre la construcción del mito de El Santo, a propósito del 30 aniversario luctuoso de este héroe del ring, fallecido el 5 de febrero de 1984.

— ¿Cuándo y cómo se inicia la construcción del mito de El Santo?

—De alguna forma empieza desde que subió al ring como enmascarado en los años cuarenta. Tenía una fuerte presencia porque, entre muchas otras cosas, se llamaba El Santo, aunque era rudo, y más de una vez hizo oraciones en la esquina del ring, lo cual molestaba y gustaba al público a la vez. Además era un buen luchador; tenía mucho carisma, sobre todo. Se convirtió en ídolo de multitudes en la lucha libre, pero es hasta 1952, cuando sale la historieta, que empezó a surgir el mito, el relato mitológico.
— ¿Qué factores contribuyen a la construcción del mito?

—Uno es el manejo de símbolos muy importantes para la cultura mexicana: se llamaba El Santo, no el demonio, y era El Enmascarado de Plata. La plata simboliza virtud, en el imaginario popular mata a los vampiros, a los lobos, a los monstruos; es un metal de pureza. Pero realmente El Santo se constituye como un héroe trimediático, o como mitología de los medios masivos de comunicación, porque se desplaza de un medio a otro: lucha libre, historieta y cine, tres medios muy importantes que van a tejer experiencias en el público. Además, como todo mito tiene un pie en la mentira y un pie en la verdad: El Santo realmente existía, era un héroe real, ficticio en sus hazañas, pero de carne y hueso al que se podía tocar y ver. Esa relación y esa ruptura entre la realidad y la fantasía le dan la peculiaridad que otros héroes no tienen.

— ¿En qué contexto sociocultural se da la construcción de este mito?

—En los años cuarenta, cincuenta, hay muchos cambios en México, que empieza a proyectarse como un país moderno. La mitología de El Santo viene a renovar la mitología anterior, la del nacionalismo cultural, la del indígena, la del charro. Es un héroe que recurre a símbolos de la tradición judeocristiana pero también a símbolos de la modernidad: echa mano de la tecnología. Santo llegó a cubrir la carencia de íconos en un momento de transformación importante en México.

— ¿Qué tanto contribuyeron esas referencias religiosas para su conversión en ídolo?

—El Santo manejó símbolos que tienen mucho que ver con la ideología católica: el sacrificio, yo me sacrifico para que todos ustedes estén bien, la lucha en contra del pecado… También echa mano de la iconografía católica, sobre todo guadalupana. En el primer número de la historieta, en la contraportada, está hincado rezándole a la Virgen de Guadalupe. También en algunas películas, sobre todo en las que más hablan sobre el origen del mito, que explican de dónde salió El Santo, acuden a la imagen de la Virgen de Guadalupe. En El hacha diabólica él se encuentra un mapa o pistas detrás de una imagen de la virgen de Guadalupe. Aunque el mito no va a ser muy congruente. En la primera etapa, en los años sesenta, en algunas películas, es un héroe incorruptible; en otras, en los años setenta, ya empieza a tener relaciones con chicas. Pero cuando se está construyendo el mito está entre si liga o no liga; hay momentos en que aparece alguna deidad, una chica escultural y él sale huyendo o se mantiene estoico, otro habría sucumbido.

— ¿De dónde salió El Santo?

—El relato mitológico, el origen de El Santo se indaga desde la historieta: el padre es herido por criminales a los que frustró sus planes y, moribundo, hereda a su hijo la máscara, y éste promete continuar con la obra de su padre, además de vengarlo. En el cine, es en el Santo contra el rey del crimen, aunque también en otras películas, donde se da cuenta de su origen. En ésta se aborda también la tradición de la máscara plateada y de la responsabilidad que conlleva usarla en el momento en que el niño Roberto entra a su moderna mansión y su padre le explica que él es El Santo.

— ¿Qué representa la máscara plateada?

—Ése es el terreno más escabroso. Se han escrito libros al respecto que no llegan a una explicación; yo no la tengo, podría estar especulando, diciendo que todos somos El Santo, puesto que es un hombre sin rostro y en ese sentido puede cobrar la identidad de cualquiera… La máscara no solamente oculta, también representa. Hay miles de máscaras en las tradiciones indígenas, de otros pueblos, pero ésta es de una tradición enmascarada que tiene que ver con los luchadores.

—El Santo es un objeto de consumo, un ícono de la cultura popular al que el hijo le ha dado uso económico…

—El Santo se convierte en un mito moderno de los medios masivos de comunicación y como tal es un hijo de la industria cultural. Estamos hablando de una industria, de la lógica de la producción y el consumo, en este caso no solamente de uso y de valor económico, sino también de producción y  consumo simbólico. Si el hijo no hubiera registrado al Santo como marca lo hubieran hecho los chinos. Lo que yo me preguntaría es cómo una imagen simbólica que le pertenece a todo un pueblo, a una cultura, puede ser objeto de demandas y juicios legales por derechos, dinero, etcétera, es como ponerse a pelear por la Virgen  de Guadalupe.

— ¿Por qué las películas de El Santo, mal producidas, mal actuadas, eran tan taquilleras? ¿Qué es lo que iba a ver la gente? ¿Qué buscaba?

—No voy a hablar de la educación del espectador ni muchos menos, sino de un contrato simbólico que hacía el espectador: decir “bueno yo voy a ir al cine a hacer como que me creo lo que está pasando y si se le rompe el traje al monstruo de la laguna verde me voy a reír, pero voy a hacer como que si realmente fuera un monstruo de la laguna verde”. En ese sentido son más lúdicas, un ejercicio de la imaginación porque no están entregando todos los efectos especiales íntegros, se juega con lo que se ve en la pantalla. No es un espectador tan pasivo como se cree, de hecho ha sido de los momentos más activos que ha tenido el cine. De pronto el publico gritaba “atrás, atrás”, los niños se emocionaban, le avisaban al Santo cuando el monstruo llegaba por atrás o le aplaudían cuando ganaba tanto en la lucha  libre como con los monstruos. Había un ritual participativo, un ritual lúdico. Y no estoy hablando de un público fácil, más bien de un público al que le gusta otro tipo de experiencia cinematográfica.

— ¿A quiénes les gusta El Santo? ¿Sólo a las clases populares? ¿A los escritores, académicos, intelectuales, que no les gusta la lucha libre pero que la exaltan sólo porque es un gusto del pueblo?

—La lucha libre se puso de moda a principios del 2000, hubo un boom otra vez pero ya con una mirada retro, nostálgica. Clases medias o medias altas o altas la vieron como algo exótico de nuestra cultura. Por supuesto que están los fieles seguidores y los que van por experimentar con algo lúdico y rozarse con un publico de distintas capas sociales, pero también están los académicos, los investigadores, que la reconocen como un fenómenos sociocultural. Sí se ha abierto un panorama estos últimos porque es una materia prima muy interesante, que da muchísimo.

— ¿El Santo sigue vigente?

—Si un mito se reinventa, nunca muere, y si algo ha tenido esta figura heroica es su capacidad de reinvención. Continua vigente, no digo más vigente que nunca, pero continua vigente desde otra perspectiva.

— ¿Después de El Santo han surgido nuevos héroes mexicanos?

—Han surgido otros héroes, podemos pensar en Hugo Sánchez, un futbolista, en los héroes del deporte o de la lucha libre, pero ninguno ha tenido la proyección del Santo. Estamos viviendo una crisis de íconos que tengan un sentido de identidad para nosotros, por eso tenemos que forzar la mirada al pasado.

*Fotografía: Santo, un ídolo del ring que luego se convirtió en mito de los medios masivos de comunicación/Imagen del libro Quiero ver sangre, varios autores, UNAM, 2013.


POR REBECA JIMÉNEZ CALERO

Seguramente Rodolfo Guzmán Huerta fue un hombre normal en cuanto a convenciones sociales se refiere; es decir, se enamoró, se casó, tuvo hijos y éstos a su vez le dieron nietos. Como buen hombre de familia, Guzmán desempeñaba con ahínco su oficio para sacar adelante a sus diez hijos, como lo haría cualquier padre responsable. Pero, como todos sabemos, Rodolfo Guzmán no tenía un trabajo cualquiera: no solo era luchador profesional, sino también estrella de cine; era un héroe en los dos ámbitos.

Santo, el Enmascarado de Plata, era la otra personalidad de Rodolfo Guzmán, un hombre que convirtió su pasión por el deporte en el eje de su vida. La lucha libre hizo del Santo un ídolo, pero fue el cine el que lo convirtió en una leyenda. Fue a principios de la década de los cincuenta cuando Santo, ya convertido en una figura fundamental del cuadrilátero, es llevado a una historieta por el dibujante José Guadalupe Cruz, quien inventa una serie de aventuras protagonizadas por el Enmascarado de Plata, una mezcla entre luchas en el ring y misterios por resolver.

Unos años más tarde, gracias a la popularidad que habían alcanzado las transmisiones de la lucha libre por televisión, el cine vio en este espectáculo una nueva temática que podría llevar gente a las salas y, lo que es mejor, los productores no tuvieron que quebrarse la cabeza inventando protagonistas: éstos ya existían, sólo había que crear historias alrededor de ellos. Y nadie mejor que Santo para hacerlo: él ya era taquillero, su público lo seguiría de la arena a la sala de cine sin chistar.

Santo luchaba del lado de los técnicos. En el cuadrilátero se destacó siempre por su estilo limpio y por desacreditar el juego sucio de los rudos. Para él no había otro camino que el bien y su tarea, por ende, era acabar con los malos. Esta  remisa facilitó la labor de quienes tenían que idear las aventuras del Santo en el cine: él tendría que ser una especie de justiciero y enfrentarse y derrotar a los villanos.

Estos últimos, por cierto, fueron quienes más alimentaron la imaginación de los guionistas, no porque se trataran de seres psicológicamente complejos, sino porque tenían los orígenes más disparatados: podían ser mafiosos, pero también monstruos como vampiros y momias, pasando por extraterrestres, científicos locos e, incluso, fantasmas de otras épocas. Todos estos seres solían tener planes malignos casi siempre motivados por la venganza, y el objetivo solía ser un científico y su siempre bella hija, quienes recurrían al Santo en busca de protección. ¿Pero por qué uno llamaría a un luchador profesional cuando se encuentra a merced de una amenaza de otro mundo o dimensión? ¿Es Santo un luchador, un justiciero, un superhéroe?

Quizá lo que más se vio afectado por el rápido tránsito del cuadrilátero a la pantalla fue justamente su genealogía como superhéroe, pues, ¿cómo explicar que un luchador no sólo se dedica a pelear contra sus adversarios en las arenas sino demás se da tiempo para combatir al crimen, en la forma que se presente? Lo más sencillo fue precisamente no explicarlo: Santo está ahí para hacer el bien y ya, no hace falta entender sus motivaciones ni sus orígenes. Al carecer de súper poderes, se le dieron otro tipo de atributos, una mezcla de sagacidad policial y capacidades científicas que le facilitaba ser amigo de profesores, antropólogos, astrónomos y físicos nucleares, entre otros. A diferencia de los clásicos superhéroes, El Santo no estaba al servicio de ninguna institución, ni velaba por el bien de una comunidad entera; las personas a las que tenía que proteger eran cercanas a él, por eso le llamaban directamente.

Esta ausencia de contexto en la vida del personaje del Santo lo convierte en un ser aislado: no tiene familia ni amigos cercanos que puedan dar más pistas sobre su persona. A lo mucho, en algunas cintas se hace referencia al Enmascarado de Plata como un héroe que viene desde siglos atrás y cuya descendencia llega hasta el protagonista de la historia en cuestión. Su identidad oculta bajo la máscara no se cuestiona, y más bien encuentra una justificación en su labor como justiciero. En la vida real, Santo sí tenía una doble personalidad, la del luchador enmascarado y la de Rodolfo Guzmán, lo cierto es que este siempre procuró ocultar su rostro, y el misterio en torno a la verdadera identidad del Santo despertaba más interés entre sus fanáticos. En las historias que se desarrollaron dentro de la pantalla, a nadie le interesaba quién era el Santo en realidad; si alguien quería quitarle la máscara era siempre arriba del ring, el único sitio válido para que ocurra un evento así.

Para que los espectadores podamos disfrutar del cine, tiene que haber un contrato tácito entre quien nos cuenta la historia y nosotros; nosotros debemos estar dispuestos a creer todo lo que nos cuentan, a aceptar que los vampiros existen, que se puede viajar en el tiempo, que un fantasma se apodere del cuerpo de una persona. Este contrato, el de la suspensión de la incredulidad, nos permite no cuestionar ninguno de los hechos que se proyectan ante nuestros ojos siempre y cuando sea plausible o verosímil. Además de aceptar a los vampiros y los viajes en el tiempo y los fantasmas, las películas del Santo también parecerían incluían otra cláusula: Santo no tiene pasado, ni familia, y la mayoría de las veces, ningún lazo afectivo con una mujer. Estos elementos son algo que vuelve vulnerables a los superhéroes tradicionales, y no es poco frecuente que los villanos los ataquen por ese flanco. Pero si vemos las películas del Enmascarado de Plata, ese flanco no existe: Santo no tiene ninguna vulnerabilidad y fueron muy pocos los momentos en los que se abrió la posibilidad de que el luchador tuviera un romance, o algo parecido a una relación.

Uno de esos pocos ejemplos fue en El hacha diabólica (1964), en la que Santo debe terminar con una maldición para que el alma de su amada pueda descansar en paz. Lo curioso es que Isabel, la mujer en cuestión, murió hace 400 años y es un descendiente del Enmascarado de Plata quien debe resolver el misterio. Más curioso aún es que en el presente Santo tenía una novia llamada Alicia, quien en un momento lo increpa “¿Puedo conocer tu rostro? ¿Acaso la máscara es para ocultar alguna deformidad en tu cara?” En esta ocasión el héroe cede y le responde: “Tú serás la primera y única persona que me conocerá tal y como soy”. Acto seguido, Santo se quita la máscara y la besa. Nosotros, desde luego, sólo vemos la nuca de alguien que muy probablemente era un extra. Más tarde en la historia, Alicia es asesinada y con ella muere el testimonio de la única persona que vio el rostro del Santo.

Este amor romántico se diluye en las cintas posteriores, en las que el héroe sólo está al servicio del bien. Y no es que no hubiera mujeres atractivas, es simplemente que Santo no está interesado en ellas. De hecho, otro de los atractivos de estos filmes es que eran protagonizados por actrices de gran belleza, ya sea en el papel de la mujer que debía ser rescatada o el de la villana que muchas veces solía usar su atractivo físico para su beneficio, como una especie de arma que tenía efecto en todos los hombres, excepto en el Santo; a pesar de recibir apasionados besos de parte de una seductora vampira —Santo y Blue Demon contra los monstruos (1969)— y de un par de sexis extraterrestres —Santo contra la invasión de los marcianos (1967)—, el luchador siempre resiste, nunca cae en la trampa.
Con el paso de los años, sus largometrajes evolucionaron y adoptaron ciertas modas de la época, y las mujeres que antes se mostraban provocativas, ahora se presentaban desnudas. Fue precisamente una de estas historias que incluían desnudos femeninos la que se convirtió durante muchos años en una de las leyendas más grandes en torno de la figura del Santo. Santo en el tesoro de Drácula fue dirigida en 1968 por René Cardona en blanco y negro y, en ella, el Enmascarado de Plata es un científico que crea una máquina del tiempo para viajar a vidas pasadas; su experimento pone en peligro a Luisa, quien en otra época fue asediada por el mismísimo conde Drácula.

Durante muchos años, dentro de las leyendas de la cinematografía nacional, se dijo que existía una versión en la que aparecían vampiresas desnudas, pero nadie pudo comprobarlo hasta 2011, año en que apareció una copia hasta entonces desconocida de El vampiro y el sexo, versión a colores y sin censura del filme de Cardona.

Los aspectos sexuales de esta historia están reservados, como bien lo indica su título, al conde Drácula, quien aparentemente tiene una debilidad por los senos femeninos. El actor italiano Aldo Monti interpreta al temido monstruo, quien como parte del ritual de ingreso de vampiresas a su séquito, pasa sus manos y sus labios por los pechos de sus víctimas antes de insertar sus colmillos en sus cuellos. Lo mismo sucederá con Luisa, quien incluso antes de recibir la visita del conde, caerá en una especie de éxtasis en el que la vemos gemir y retorcerse en su cama, a la vez que desnuda sus senos y los acaricia, segundos antes de que el vampiro pose su boca en ellos. Si bien Santo no se encuentra físicamente en ningún momento en el mismo lugar en donde tiene lugar algún desnudo, tanto él como el padre de Luisa y Perico, su asistente, han estado viendo la escena antes descrita a través de una pantalla de televisión, como meros espectadores. Desconozco si René Cardona decidió intencionalmente no intercalar planos de reacción de los rostros de los tres hombres mientras veían dicho momento, ya que dichos planos habrían cambiado por completo el significado de esa secuencia, al permitirnos reconocer a Santo y que él se reconociera a sí mismo como un voyeur.

Un momento en el que esta situación sí tuvo lugar, aunque sin desnudos, fue en El tesoro de Moctezuma (1966); aquí Santo tiene como aliado a Jorge Rivero, con quien forma un equipo de agentes secretos que andan tras la pista de una banda criminal que se introduce en el Museo de Antropología e Historia para hacerse del tesoro del emperador azteca. Rivero desempeña el papel de compinche y amigo del enmascarado y su debilidad son las mujeres. A través de una pequeña cámara espía, Santo logra ver cómo su socio seduce a Estela, la lleva a su casa y se divierten en la alberca. Más tarde, Santo le confiesa haber visto su aventura, “¿Todo?”, pregunta el desconcertado Casanova. “Vi todo, pero sólo hasta la escena submarina. Ya sabes, soy un caballero”, le responde el héroe.
Al contrastar el evidente interés del personaje de Jorge Rivero por el sexo femenino con la apatía e incluso rechazo del Santo hacia este tipo de relaciones, resalta aun más la forma en la que los guionistas y directores de sus películas trataban de hacer evidente que nuestro superhéroe no podía entregarse a ese tipo de placeres. De hecho, en algún momento, Santo reclama a Rivero su actitud: “Tus aventuras amorosas nos han acarreado peligros y dificultades”, a lo que el musculoso galán responde: “Si el amor no acarrea peligros y dificultades, ¿qué chiste tiene entonces?” Tanto en El tesoro de Moctezuma como en Operación 67, ambas protagonizadas por este dúo de agentes, Jorge Rivero se enamora de una mujer que al final termina muerta. Cuando Rivero se despide de su amada, Santo le dirige una mirada condescendiente: él tenía razón, el amor siempre acaba mal.

Al no ser un personaje delimitado de manera estricta, Santo tuvo muchas facetas en cuanto a su relación con las mujeres, pero en la mayoría de los casos, más bien las evitó. Las cuestiones no sólo sexuales sino también las emocionales parecieron estar solo reservadas para los villanos, quienes demostraban locura, pero también pasión, característica de la que carece nuestro héroe fílmico. Es destacable que, aún sin eso, pudiera haber alcanzado un estatus de figura de culto en México y en varias partes del mundo. Sin embargo, no dejo de pensar que habría sido más interesante que el Santo hubiera sido más humano y menos santo.

*Fotografía: Póster de la película “Santo vs. La invasión de los marcianos”/Tomada del libro Quiero ver sangre.


POR GUILLERMO VEGA ZARAGOZA

Para el doctor Benjamín Quiroz, académico del pancracio
En su interesante libro Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic (Turner, 2012), el historietista Grant Morrison cuenta cómo han evolucionado los superhéroes, desde la aparición de Superman en la editorial DC Comics en 1938. Destaca que estos personajes no son estáticos, evolucionan de acuerdo con los tiempos y se adaptan a las nuevas circunstancias del mundo, aunque mantienen sus elementos esenciales.

A diferencia de los superhéroes del primer mundo, al mexicanísimo Santo, el Enmascarado de Plata, no se le ha hecho justicia con una o varias películas en las que se explique su vida antes de ser superhéroe, sus traumas e ilusiones, sus contradicciones humanas, y mucho menos se le ha actualizado para ponerlo a la altura de un mundo muy diferente al que lo vio nacer, enfrentando nuevos enemigos y dotándolo de nuevos poderes. Quizá por eso sus propias películas han envejecido sin remedio. O peor: a lo mejor nacieron siendo ya decrépitas.

La celebrada trilogía de Batman, dirigida por Christopher Nolan, impuso casi la obligación de que toda película de superhéroes debería incluir profundidad psicológica para darle tridimensionalidad al personaje y sus conflictos. Así, hasta a Superman, quien parecía el más integrado de todos los héroes de cómic, le han sacado sus trapitos al sol en Man of Steel (y no era para menos: resultaba muy sospechoso que un extraterrestre con superpoderes, que se ha quedado solo en el universo porque ha estallado su planeta, no tuviera mayores problemas de adaptación a la sociedad terrícola).

Pero del Santo, nada. Sus filmes no dejan suficientemente explicado quién es en realidad, quienes fueron sus padres, si tenía hermanos, cómo decidió volverse superhéroe, si le gustaba el agua de horchata o de jamaica, detalles que lo volverían más humano y verosímil.

Desde luego, no hay que confundir al hombre con el personaje, aunque en la vida real el segundo haya absorbido tanto al primero que sea casi imposible separar uno de otro. Del hombre sabemos lo poco que hay que saber: se llamaba Rodolfo Guzmán Huerta, nació en Tulancingo, Hidalgo, el 23 de septiembre de 1917; se casó con María de los Ángeles Rodríguez Montaño, con quien procreó 10 hijos. El 26 de abril de 1942 peleó por primera vez con la máscara del Santo. Diez años después José G. Cruz lo convirtió en héroe de historieta y en 1958 filmó Santo contra el cerebro del mal, la primera de 53 películas. El Santo nunca perdió la máscara en combate y nunca aparecía sin ella en público. Solo una vez, en un programa de televisión, Jacobo Zabludovski logró que mostrara la mitad del rostro. Guzmán murió el 5 de febrero de 1984 de un infarto al miocardio luego de una actuación en el Teatro Blanquita.

Pero del personaje sabemos poco, aunque aún en la actualidad sigue representando mucho. El Santo no ha sido desbancado como el superhéroe de ficción más popular de nuestro país. En media centena de cintas tuvo oportunidad suficiente para enfrentarse a todos los archienemigos y amenazas para la humanidad habidos y por haber: mafiosos, monstruos, científicos locos, vampiros, hombres lobo, zombies, espectros, brujas, cazadores de cabezas, extraterrestres… incluidas la Llorona y las momias de Guanajuato. ¡Vamos, se enfrentó hasta a Capulina! Y a todos los enfrentó con su astucia y la fuerza de sus puños, llaves y patadas voladoras. Porque el Santo no tenía ningún superpoder (en eso se parece a Batman, que no tiene poderes sobrenaturales, aunque sea multimillonario) y casi no utilizó ningún arma contra sus contrincantes (recurrió a un lanzallamas contra las momias de Guanajuato, pues se resistían a rendirse las rejegas).

Las tramas y argumentos (por llamarles de alguna manera) de las películas del Santo son repetitivas, inverosímiles y no pocas veces descabelladas, pero siempre efectivas. Desde luego, en todas hay interminables escenas de lucha libre y el respetable sigue aplaudiendo a rabiar desde las butacas.
Creador él mismo de nuevas series de episodios de personajes populares, como All-Star Superman, New X-Men y Fantastic Four, Grant Morrison emparienta a los superhéroes modernos con los héroes trágicos griegos, ya que cumplen una función social y psicológica fundamental: son los protagonistas arquetípicos de los mitos que nos explican como individuos en una época determinada. Sin embargo, para seguir cumpliendo con su cometido, estos seres mitológicos tienen que adaptarse y actualizarse, evolucionar.

Morrison cuenta cómo, después del 11-S, los superhéroes de Marvel se reunieron en la Zona Cero. “Estaban obligados a reconocer aquel suceso como si hubiese tenido lugar en su propio universo simulado pero no habían logrado evitar que sucediese, lo que negaba toda su raison d’être. Que Al Qaeda hubiera logrado hacerle al Nueva York del Universo Marvel lo que el Doctor Muerte, Magneto y Kang el Conquistador no habían podido, no podía sino significar que los héroes de Marvel eran inútiles. El 11-S fue el mayor desafío a la relevancia de los cómics de superhéroes”. Entonces Marvel decidió volver a contar las grandes historias de sus personajes con un enfoque contemporáneo, incluyendo en sus tramas temas políticos y sociales.

Como heredero del legado de su padre, el Hijo del Santo se ha convertido en el principal obstáculo para la evolución del personaje, con una visión sumamente retrógrada y conservadora, enfocada sobre todo al lucro y al merchandising. ¿No sería hora de que un Santo renovado, pero conservando su esencia, viniera a rescatarnos ya no de monstruos sobrenaturales sino de bestias sumamente reales y más mortíferas, como Los Zetas? ¿No sería genial que el Santo encabezara las autodefensas contra los Caballeros Templarios?

Afirma Morrison: “Amamos a nuestros superhéroes porque se niegan a fallarnos. Podemos analizarlos y decir que no existen, podemos matarlos, prohibirlos, mofarnos de ellos, y aun así acabarán volviendo, para recordarnos pacientemente quiénes somos y quiénes desearíamos poder ser”.
¡Mexico llamando al Santo, México llamando al Santo, es urgente, contesta Santo!

*Fotografía: El Santo respondiendo una entrevista, ca. 1970/ARCHIVO GRÁFICO EL NACIONAL/CORTESÍA INEHRM.


POR ALEJANDRA HERNÁNDEZ OJENDI

Antes de ser un ídolo de la lucha libre, de protagonizar una historieta que llegó a vender más de un millón y medio de ejemplares a la semana y de combatir a científicos locos, mujeres vampiro y otros entes del mal en más de 50 películas, Rodolfo Guzmán Huerta, el hombre que dio vida al Santo, peleó en arenas de segunda, viajó en camiones “con tablitas” y se hospedó en hoteles con cucarachas (así se lo cuenta a Elena Poniatowska en una entrevista realizada en febrero de 1977: “El Santo a dos que tres caídas”, Todo México, volumen I, Diana, México, 1990, pp. 257-258).

Su historia es, valga el adjetivo, la de un hombre luchador. Nació el 23 de septiembre de 1917 en Tulancingo, Hidalgo, en el seno de una familia humilde, y murió el 5 de febrero de 1984 en la ciudad de México convertido en un ícono popular que, además de fama, hizo fortuna. “Rodolfo opta por el gran recurso de los niños sin recursos: el triunfo deportivo”, escribió Carlos Monsiváis en “La hora de la máscara protagónica. El Santo contra los escépticos en materia de mitos” (Los rituales del caos, Era, México, 2008, p. 125).

 El luchador conocido como El Hijo del Santo, cuyo nombre real es Jorge Guzmán, no niega que su padre haya hecho fortuna con el Santo. “Aunque cobraba bien en la lucha, hizo su dinero en el cine”, explica. Sin embargo, no sabe decir cuánto le pagaban por película: “A lo mejor 100 mil pesos”, especula. 

Según lo que el propio Santo contó a Poniatowska en la entrevista mencionada, no ganaba nada mal, incluso, en cada nueva película le iba mejor: “Por Los Zombies gané 18 mil pesos [de esa época] y por El museo de cera, 20. Luego Las mujeres vampiro, 25 mil pesos [...] Mi mayor paga ha sido de 250 mil pesos por película”.

Pese a esas cifras, El Hijo del Santo asegura que la herencia que su padre le dejó a él y a sus nueve hermanos no incluía dinero, sólo propiedades: “Dinero no dejó. Lo que él tuvo fue una buena costumbre de invertir en bienes raíces: compraba terrenos y construía casas, él mismo las diseñaba, nunca vi un arquitecto”. 

Una de las casas que tuvo Rodolfo Guzmán Huerta, quien de niño vivió en el barrio de Tepito, estaba ubicada en Tulyehualco, Xochimilco. “Era una casa gigantesca, toda una manzana; creo que ahora ya no existe”, describe Pepe Návar, coautor del libro Quiero ver sangre. Historia ilustrada del cine de luchadores. Y cuenta que pese a que el Santo siempre quiso guardar su verdadera identidad e incluso llegaba a tomar hasta cinco taxis para despistar sobre su paradero, los micros que pasaban cerca de esa casa decían: “¡Parada casa de El Santo!”. 

Los diez hijos de Rodolfo Guzmán reciben parte de las regalías que dejan las películas en las que actuó su padre. “La mayoría pertenece a los productores: mi padre no tuvo el cuidado o la debida asesoría para hacer un contrato como coproductor, así que no tuvo los derechos; solamente hay algunas regalías, pero son de risa. Cuando él abrió los ojos, se asoció con Guillermo Calderón y hay no más de diez películas en las que fueron coproductores, esas sí dejan un poco de dinero o un dinero importante porque mi padre fue dueño de ellas”, explica Jorge Guzmán.

Los derechos del uso del nombre y de la imagen del Santo los tiene sólo El Hijo del Santo, quien ha registrado varias marcas que aluden a su padre: El Santo, El Enmascarado de Plata, El Santo Segundo, La Sombra del Santo… 

El heredero del Enmascarado de Plata asegura que su padre le autorizó que usara el personaje del Santo y le aconsejó que lo registrara como marca. Afirma también que a sus hermanos no les interesaba trabajar al Santo ni producir nada con él. Sin embargo, ha tenido problemas con ellos.

“Me criticaron mucho. Era como ‘estás explotando la imagen de mi papá’, cuando yo estoy explotando la imagen que mi papá me dejó a mí. Para evitar ese tipo de comentarios decidí explotarme a mí mismo y puse mi marca: El Hijo del Santo”.

Esta marca es comercializada en la tienda El Hijo del Santo, ubicada en Tamaulipas 219, en la colonia Condesa, en la ciudad de México. Desde 2007 se venden ahí gorras, playeras, tazas, mandiles, mascadas, entre una gran variedad de artículos; la mayoría tiene la imagen del El Hijo de El Santo, aunque también hay algunos con la imagen de su padre. Los precios van desde los diez pesos, por una postal, hasta los dos mil pesos, por una cadena de plata, pasando por los seiscientos pesos que cuestan las corbatas de seda. 

Además de ese establecimiento, El Hijo del Santo tiene una tienda en la terminal dos del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. 

Si bien el heredero del Enmascarado de Plata tiene registradas varias marcas que aluden a su padre, éstas no son comercializadas actualmente. Aunque en 2006 autorizó a Cartoon Network para que hiciera la miniserie animada Santo y ahora planea lanzar al mercado una línea de muebles con la marca El Santo o El Enmascarado de Plata. 

A El Hijo de El Santo también le gustaría abrir una tienda en Tokio, “una ciudad donde se nos quiere mucho a mi padre y a mí”, o en Los Ángeles, Nueva York o Chicago, “donde hay mucha gente mexicana”. Además está en puerta la exhibición del documental El hombre detrás de la máscara, dirigido por Gabriela Obregón, esposa y representante de El Hijo del Santo, en el que se sigue a este en el ring y fuera de él y en el que también aparece su padre. Jorge Guzmán planea la realización de un documental sólo sobre El Santo y espera la pronta publicación de un libro sobre la historieta de este héroe enmascarado, que hizo José G. Cruz. 

El heredero de Rodolfo Guzmán Huerta afirma que también le interesa impulsar la creación de un museo sobre él y su padre, en el que se exhibirían los objetos personales del Enmascarado de Plata. Éstos se encuentran resguardados en la casa del Hijo del Santo, “en una habitación de tres pisos llamada El Santuario”.

Ahí se conservan máscaras, capas, botas, mallas, ropa, fotos y trofeos que pertenecieron al gran ídolo de la lucha libre. “Sería incapaz de venderlos”, asegura el hijo.

El luchador afirma que sus tiendas son un negocio muy noble. “Pero quiero crecer más. No es un negocio que todavía me dé para vivir. Hay que pagar muchas rentas, reinvertir, pero da para pagar gastos y queda algo de ganancia. Yo rento este edificio completo, pero me gustaría tener uno”.
“Estoy tratando de que mis hijos se involucren un poco en el negocio para que en un futuro se encarguen de él, porque finalmente es su patrimonio”, añade.

En febrero de 2009, El Hijo del Santo, quien en noviembre pasado anunció su retiro temporal del ring, presentó a su hijo menor, que actualmente tiene 17 años, como la tercera generación de la leyenda del Santo. “Está estudiando, porque tiene que terminar su carrera universitaria, pero le gusta la lucha y se fue dos meses a entrenar a Japón”. Después, Jorge Guzmán demandó a uno de sus sobrinos, llamado Axel, quien ha querido abrirse camino en el ring, por usar los nombre El Plateado y El Nieto del Santo, que él tiene registrados.

Admiradores y estudiosos del Santo como Pepe Návar no comparten la visión del heredero del Enmascarado de Plata. “El Hijo del Santo quisiera cobrar regalías por todo. No ha entendido que su padre es parte de la cultura popular, es del pueblo, no una marca registrada”, dice. 

Al respecto, Álvaro A. Fernández afirma en el libro Santo, el Enmascarado de Plata. Mito y realidad de un héroe mexicano moderno: “el ‘nuevo Santo’ carga en todo momento un símbolo perteneciente a toda una cultura imposible de propiedad privada. [...] Comprensiblemente ‘los derechos’ de la imagen de Santo pertenecen a su heredero, quien lo ha convertido en una marca registrada, que de no ser así podría pertenecer a algún oportunista cazador de símbolos y marcas registradas, sea mexicano o chino”. Y se pregunta: “¿Cómo puede una imagen simbólica, posesión de todo un pueblo, pasar a ser pertenencia privada y de una sola persona?, ¿cómo puede una imagen de tal naturaleza ser objeto de demandas y juicios jurídicos?”. He ahí la cuestión.

*Fotografía: El Hijo del Santo en su tienda ubicada en la colonia Condesa, en la ciudad de México/ PATRICIA SUÁREZ EL UNIVERSAL


Los devotos de Santo, el Enmascarado de Plata, podrán continuar el culto a su ídolo en un nuevo recinto: el Museo del Juguete Antiguo de México (Mujam), donde próximamente se abrirá una sala en la que se exhibirán decenas de documentos personales de este superhéroe.

Roberto Shimizu, director del Mujam, cuenta en entrevista que luego de la muerte del Santo, su viuda y segunda esposa se deshizo de los objetos que el héroe enmascarado había coleccionado a lo largo de su vida. “Fueron vendidos por kilo o en huacales en tianguis, y ahí los compré”, afirma.

“Santo realmente creía en él. Guardó recortes de periódicos y programas desde sus primeras peleas. A veces guardaba tres o hasta 10 programas de una misma presentación. A algunos de esos recortes les puso la fecha y en algunos programas puso quién ganó”, cuenta Shimizu, quien es también el coleccionista que posee más objetos del Enmascarado de Plata.

Entre los objetos que se exhibirán en la sala están cartas escritas a mano por el propio Santo,  pósters de sus películas y las historietas que protagonizó, creadas por José G. Cruz, así como óleos de este último.

Con base en esos documentos, el director del Mujam escribió un libro sobre la vida de este héroe enmascarado, que espera publicar próximamente.

 (Alejandra Hernández Ojendi).

*Fotografía: En el Museo del Juguete Antiguo México se abrirá una sala en la que se exhibirán objetos personales del Santo/Miguel Espinosa/EL UNIVERSAL.

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