viernes, 4 de abril de 2014

Elena Poniatowska y El Santo




Primera caída: Su origen
Para mí siempre será motivo de admiración y reconocimiento, la sencillez que muestran aquellos que no olvidan sus raíces, y más aún, que se sienten orgullosos de ellas. En esta ocasión me refiero al gremio de intelectuales, críticos de cine, periodistas, artistas plásticos y escritores. También me admiran estos personajes cuando saben reconocer los dones y el éxito de otros y se comunican de manera sencilla, natural y espontánea y su lenguaje no se caracteriza por expresarse con sofisticaciones lingüísticas. Muchos de estos personajes han nacido en nuestro país y muchos otros en el extranjero, teniendo la peculiaridad de amar a México, su gente y sus raíces.

Estos son hombres y mujeres que gracias a su preparación, perseverancia y trabajo, han logrado destacar y sobresalir, que con el paso de los años se han transformado en gente admirada y reconocida en nuestro país y en muchas partes del mundo.

Podría mencionar a muchos, pero hoy quiero hablar de una mujer que nació con el título de princesa, por ser hija del príncipe Jean Joseph Evremond Poniatowski Sperry, descendiente del último rey de Polonia.

Elena Poniatowska Amor nació en París el 19 de mayo de 1932. Su historia nos cuenta que su familia emigró de Francia a México a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Elena llegó a los diez años de edad con su madre, María de los Dolores Paulette Amor de Yturbe, nacida en París en 1913, mientras que el padre continuaba combatiendo para reunirse finalmente con ellas en la Ciudad de México.

Lo más valioso de esta aguerrida y brillante mujer es el don de la generosidad que la caracteriza, así como su constante lucha por los derechos humanos y la igualdad de clases. A pesar de haber nacido en un mundo privilegiado sabe apoyar a la gente pobre y a todos aquellos que llaman a su puerta. Su relación temprana con la clase trabajadora, como el caso de sus sirvientas, que cuando era niña la atendían, fue la manera de conocer nuestro país y con ellas aprendió a hablar el idioma español.

Ellas le contaban sus vidas y trágicas historias y la pequeña Elena las escuchaba con mucha atención y se involucraba a tal grado, que quería resolver los problemas de estas humildes mujeres.

Elena Poniatowska no se considera a sí misma escritora, pero indiscutiblemente lo es y está entre las mejores, tan es así que ha sido galardonada con infinidad de premios y reconocimientos; recientemente recibió el Premio Cervantes 2013 y en marzo pasado fue condecorada con la Medalla Bellas Artes.

Podríamos llenar muchas páginas hablando de sus raíces aristócratas, de su interesante historia, sus múltiples obras y numerosos premios, pero en esta ocasión quiero compartir con ustedes una parte muy singular de ella como mujer activista y revolucionaria, en donde se identifica en una amena entrevista que le realizó a mi padre en febrero de 1977, que publicó en su libro 'Todo México, Tomo I'.
Elena, en su reciente homenaje en el Palacio de Bellas Artes, recordó con nostalgia y alegría como todos los años, cada 14 de febrero, El Santo le enviaba una caja de chocolates.

Segunda caída: El impacto de ver a El Santo y su popularidad
"¡Señora, señora, ya llegó y viene enmascarado! Lo pasé a la biblioteca. ¡Son dos! Lo acompaña un señor pelón. ¿De verdad está enmascarado?

"Sí, deveritas. En la biblioteca, de pie, en medio de la alfombra, un hombre de porte atlético, vestido de claro, tiende su mano con gran cordialidad. A su lado, Carlos Suárez se quita el sombrero. El hombre de ropa sport beige está enmascarado; una máscara de tela de plata ajustada por medio de un cierre en la parte trasera, no permite ver ni el color de sus ojos. Su mano es fuerte, en realidad se trata de un hombre fornido. Es El Santo. No he sacado ni la grabadora cuando baja Chabelita: 'Señora, ¿que los señores no van a querer café?'

"Señores ¿quieren ustedes café, agua de limón, un refresco, una copita? 'Café', dice el enmascarado. Cinco minutos después, con una eficacia inaudita (no he iniciado aún la entrevista), entra Chabelita con la azucarera, Josefina con una cuchara, Petra con otra, Teresa con una servilleta de papel, Meche con otra, Tomasita con una jarreta de leche, Magda con una charola. Berta, cafetera en mano, se tropieza con Luz. Cata trae un mantel ¡Un mantel, háganme favor! Y Lupe, otra tetera ¿Para qué? Dios mío! Y todas se arremolinan en torno a El Santo para servirle su cafecito, ¿cómo lo toma? ¿Con o sin azúcar? ¿Con crema? ¿Muy negro? ¿Le echamos más agua caliente? ¿Cómo se lo tomara? ¿Se quitará la máscara? Una le tiende un platito, otra pone la taza en el plato, otra vierte el café, otra ofrece el azúcar... todo el barrio se ha reunido para ver a El Santo. ¡Y sigue llegando gente! El timbre de la puerta repiquetea, un ejército de mujeres que se secan las manos en el delantal entra y se detiene en semicírculo, respetuoso y risueño.

"¡Ya quisiera un político tener el pegue del Santo! En menos que canta un gallo, la casa se ha alborotado como un gallinero. Ahora, en la calle, la campana advierte que va a pasar el camión de la basura. Ninguna se mueve. Dios mío, eso sí que es popularidad. Durante el curso de la entrevista se asomarán anhelantes, el afilador de cuchillos que viene cada 15 días, Memito el cartero, don Antonio y don Carlos, dos pepenadores del Pedregal de Santo Domingo; el señor medidor del agua, cinco monjas de la congregación de San Vicente de Paul, el dueño de la miscelánea que siempre esta de mal humor y que de ahora en adelante, ¡capaz que hasta nos fía! Y tres señoritas que a eso de las doce salen a tomar el sol con todo y sus sillitas".

Tercera caída: Elena Poniatowska vs El Santo, a dos de tres caídas
"Azorada contemplo el vaivén. El Santo, en cambio, está acostumbrado a que lo quieran. Es un hombre amable y bueno; lo es por naturaleza, pocos entrevistados he conocido con tan buena disposición. ¡En cinco minutos ha cambiado mi vida!

"Y es que El Santo, además del misterio de su máscara, es nuestro Superman, el que se aparece en el momento crucial para correr a los malos, despojar a los ricos y darles a los pobres, hacer justicia, vencer a la naturaleza. Por eso le preguntó con admiración: '¿Le satisface el cariño que le demuestra la gente?' 'Sí, cómo no', me responde, mientras le da un sorbito a su café que toma con la máscara puesta.

'Y es muy bonita la popularidad, es bonito que se acerquen los chiquillos. Me piden que les dé la mano, se me suben encima para ver si de verdad soy de carne y hueso, a ver si El Santo es El Santo. Y sí, El Santo es un personaje que logré crear a base de muchos sacrificios, porque yo fui un niño pobre y me costó mucho trabajo hacer mi carrera deportiva'.

"'Bueno, pero ¿qué usted no tiene la cara quemada como el Fantasma de la Ópera? ¿No hay sobre su rostro una cicatriz así horribilísima?'

'¡Ay, señora, nada tengo que esconder! No soy deforme; no escogí la máscara por defectos físicos, ni tengo problemas con la justicia'.

'¿Cuantas máscaras de éstas tiene usted?' 'Tengo muchas, todas plateadas', me responde.

'¿Y no se le cae el pelo con la máscara?' 'Pues no, yo creo que la máscara ayuda a conservarlo'.
"Todo esto lo dice en un tono de voz muy agradable, muy sencillo, lo cual me hace sentir por él una viva simpatía. Ahora sí puedo verle los ojos, los tiene cafés".

Estimados amigos de Récord, si quieren saber qué sucedió a lo largo de esta singular y amena entrevista, les recomiendo leer el libro 'Todo México. Tomo I', escrito por Elena Poniatowska.

Muchas gracias, admirada Elena Poniatowska, por describir en estas páginas de manera tan natural y bella a mi padre. No he podido evitar que algunas lágrimas de emoción y nostalgia inunden mis ojos.
Me haz hecho recordar e imaginar a mi papá en la biblioteca de tu casa, siempre dispuesto a tomarse una foto, saludar y dar autógrafos a toda esa gente buena que lo quiso tanto.

Gracias Elena, por que no tengo la menor duda, de que te sientes sumamente identificada con él por sus valores, su sencillez y, más aún, por su lucha en la búsqueda de la igualdad, la justicia y el bien de los pobres y los desvalidos y por su afición a los chocolates.

"Santo, ¿y usted fue un santo malo cuando fue rudo?"

"¡No sólo yo señora! Conozco a muchas mujeres que después de casadas, reniegan del milagro que les hizo San Antonio".

Nos leemos la próxima semana para que hablemos, como siempre, sin máscaras.

El Hijo del Santo

Nota: Esta entrevista fué publicada completa en este su Blog de Bajo las Capuchas.

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