viernes, 12 de abril de 2013

A 27 años de la muerte de El Solitario



Primera caída:
Tres tipos de cuidado
El Solitario siempre me llamó la atención como aficionado, por su nombre, su equipo, sus agallas, así como su gran personalidad y su bien torneado físico. El nombre lo eligió Ray Plata, a quien él llamaba su padrino, ya que él fue el encargado de debutarlo en la Arena Coliseo de Guadalajara.

En una ocasión en que acompañé a mi papá al aeropuerto, nos topamos con tres gigantones que de sólo verlos supe que eran luchadores. Ellos saludaron con mucho respeto a mi padre llamándolo ‘Profe’ y también me saludaron a mí. Obviamente, no traían máscara y aún así me quedé impactado al ver que eran más altos y pesados que mi padre. Me llamó la atención cuando uno de ellos le dio unas palmaditas en la espalda y en tono de broma dijo al despedirse: “¡Ahí nos estamos viendo, para darle una calentadita ‘Profe’!”.

Entonces, mi padre sólo sonrió y se despidió de sus tres compañeros. Cuando le pregunté quiénes eran no me lo quiso decir, pero por el diente de oro y el pelo rubio de uno de ellos, y por los bigotes de los otros dos que cuando luchaban se les asomaban por las albas máscaras, supe que eran El Ángel Blanco, El Dr. Wagner y El Solitario. “¡Claro!”, pensé, “si van juntos es porque son ‘La Ola Blanca’”, uno de los mejores tríos que yo había visto en acción.

Segunda caída:
El rompimiento
Pasaron los años y este singular trío se desintegró, y fue tal la rivalidad que El Solitario, el 8 de diciembre de 1972, se pasó al bando técnico y dejó sin máscara a su ex socio, El Ángel Blanco, y así conocimos el rostro de José ‘El Ranchero’ Vargas.

Como espectador disfruté el trío que formaron por primera vez El Santo, El Solitario y Aníbal. Su primera aparición fue en la Plaza de Toros El Progreso de Guadalajara, el domingo 23 de marzo de 1975, donde se enfrentaron a René Guajardo, El Ángel Blanco y Renato Torres ‘El Hippie’; Héctor Valero los bautizó como ‘El Trío de Plata, Seda y Oro’.

En 1982, cuando se realizó la primera despedida de mi padre, tuve la fortuna de platicar con El Solitario y estrechar su mano en los vestidores del Palacio de los Deportes. Siempre fue muy atento y cariñoso conmigo, no olvido su voz y peculiar forma de hablar cuando me dijo: “¡Le tienes que echar muchas ganas mi brother chulo, no puedes defraudar a mi profe lindo!, ¡Zoom, zoom, mi brother, eh!”.

Después del deceso de mi padre, y siendo yo luchador profesional, coincidí con El Solitario en infinidad de funciones, pero mi ilusión era formar pareja con él, pero siempre íbamos en diferente lucha.

Sólo en una ocasión pude compartir con él en ‘el tapete blanco’ (nombre con el que El Solitario se refería al ring), y fue en Nuevo Laredo, Tamaulipas, cuando nos enfrentamos a Lobo Rubio y Aristóteles I.

Tercera caída:
Una tarde histórica y la muerte
El domingo 1 de diciembre de 1985, en la función de máscara vs máscara entre El Solitario y Dr. Wagner, yo participé en la tercera lucha.

La Plaza de Toros Monumental Monterrey lucía un lleno impresionante con 20 mil aficionados. Esa tarde recuerdo que el ‘Soli’ (como cariñosamente le llamábamos) iba de un lado a otro del vestidor; estaba impecablemente vestido con sus mallas, zapatillas, máscara y chamarra, su pulcritud era algo que lo caracterizaba. Subieron al ring con un réferi de lujo, el gran Ray Mendoza y sus seconds fueron, por parte de Dr. Wagner, El Ángel Blanco y Lizmark en la esquina de El Solitario.

Dio inicio una batalla impregnada de técnica, llaves y contrallaves que fue subiendo de tono poco a poco, sin la necesidad de andar por las gradas ni entre las sillas.

Imaginen cómo estaría la lucha que nosotros aún siendo luchadores estábamos observando atentos y emocionados con cada llave y los múltiples castigos. En la tercera caída la lucha se tornaba dramática.

El final llegó cuando El Solitario corrió velozmente a las cuerdas y el Dr. Wagner lo brincó, rodando inmediatamente hacia atrás para esperarlo con las piernas y aplicarle unas ‘Estacas’, pero El Solitario sólo se hincó para amarrar ambas piernas de su rival que estaba ya con espaldas planas, lo que bastó para que Ray contara las tres dramáticas palmadas y así conocimos el rostro de don Manuel González Rivera.

Recientemente, tuve la oportunidad de platicar con doña Celia (esposa de El Solitario) y ella amablemente me compartió la versión auténtica de la muerte de este gran luchador, gesto que le agradezco infinitamente.

Todo inició en Ciudad Juárez, Chihuahua, una fría tarde de domingo de noviembre de ese 1985, cuando bajando de luchar, El Solitario se bañó con agua helada y al salir del Auditorio Municipal estaba nevando.

Se abrigó lo más que pudo, pero al llegar al hotel tenía una fiebre muy alta y el Vikingo lo llevó al doctor, quien le diagnosticó neumonía y le recetó antibióticos, pero él, al paso de los días, no terminó el tratamiento y además sentía un intenso dolor en el pecho, todo esto debido a que padecía una infección con cuatro bacterias, que no se había atendido debidamente, siendo la más agresiva el estafilococo dorado, que es un tipo de bacteria que vive en la piel y se alimenta de sangre.

Aun enfermo, El Solitario se presentó en Nuevo Laredo, Tamaulipas, y ahí recibió de parte de Fishman, una fuerte patada con la punta de la bota que se incrustó en su espalda y de inmediato sufrió un dolor insoportable en la columna, a tal grado que ya no pudo luchar por la tarde en la función de Monterrey y viajó de emergencia a Guadalajara en donde su esposa lo recibió, pero Beto (como también le llamábamos de cariño) no podía caminar, un señor lo traía casi cargando.

En su casa iba empeorando su salud, así que inmediatamente doña Celia lo llevó con un ortopedista, pero éste no le encontró ninguna lesión externa en la columna y le sugirió que le tomaran una radiografía y fue así que lo internaron en el hospital San Francisco. Ahí le diagnosticaron estallamiento y hemorragia interna y lo trasladaron al Hospital México-americano de esta ciudad.

El golpe, la neumonía y la fuerte infección del estafilococo dorado aceleraron su muerte y el domingo 6 de abril de 1986, a la edad de 49 años, dejó de existir un ídolo de la lucha libre mexicana y un mejor compañero y amigo.

Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.

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